Os proponemos ese extracto del libro “María, mi secreto” de Florin Callerand. En la introducción de esta obra, Françoise Porte escribe: “Florin expresa el “interior” de María en términos tan sencillos que tienes la impresión que recibió la confidencia de muy cerca.

Cerca de Jesús en cruz se encontraba María, la intercesora.
La Madre está ahí y siente el sufrimiento de Jesús, lo mira y mira al centurión. A través de su mirada, hace comprender al centurión, al capitán que está ahí, que él también tuvo una madre. Entonces, viendo a esta mujer el centurión se pregunta: “¿Qué haría mi madre? Mi madre…” Y María lo mira de frente, lo mira a los ojos. La intercesora sostiene a Jesús que no puede más, que grita de sed… Los cuatro soldados que están allí, los cuatro, le ofrecen la esponja para beber. “Le dieron de beber”. Observad la victoria de esta intercesora que transformó los corazones de esos verdugos que lo crucificaron, que se burlaron de él y que finalmente le dan, no cualquier bebida, sino la suya propia y con su propia esponja. Tenían la costumbre de beber en la esponja. Entonces Jesús dice: “Padre, pongo mi alma en tus manos…”
La intercesora ha trabajado. No estaba como un poste al lado del cuerpo de Jesús.
Así “veo” yo las cosas: Jesús se convierte en el pastor de aquellos que lo han crucificado. Esta es la mediación de María, ella está cerca de Jesús, ella ha tejido los lazos.
Sin su intercesión, no le habrían dado de beber, sin intercesora hubiera permanecido en el “Por qué, por qué me has abandonado”. Pero la intercesora estaba ahí, lo sostuvo, lo acompañó, no está solo y Jesús dice: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” porque la intercesora lo sostiene y siente el aliento de su madre en sus piernas, contra su costado. Ella está ahí, presente.
Un intercesor es alguien a quien llama el demandante, el acusado. Y María estaba ahí, lo ayudó, lo socorrió, de otra manera Jesús no habría podido poner su vida en las manos del Padre. Y porque la intercesora estuvo presente, Jesús pudo sentir que el Padre estaba realmente allí. Ella fue como la encarnación solícita del Padre. Por eso inclinó la cabeza e insufló su aliento en María. Es así como, en las manos del Padre, entregó su aliento. Y María, la que tejió esos vínculos pudo aguantar, con firmeza. El resultado es el clamor del centurión: “Ah, este hombre, era un Hijo de Dios”. Y los soldados dan de beber a Jesús que clama “Tetelestai”, porque recibe y percibe la acogida que el Padre le ofrece. “¡Ya está, he llegado! Padre, dame la gloria que tenía cerca de Ti desde toda la eternidad. Y quiero que estén conmigo, allí donde esté yo” “Todo se ha cumplido” La intercesora cumplió su misión.
Florin Callerand, 28 avril 1996
« María, ¡Mi secreto! » © , p.85-88
Traducción del francés al español: Beatriz Simó y Pilar Sauquet
"Rester près de toi Marie", CD Tissage d'or 6 (la Roche d'or)
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