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Juan Bautista es alguien cuya vida entera está polarizada únicamente por la llegada del Mesías, eso es todo. El sentido de su predicación, el sentido de su actividad, es hacer que las personas se dejen polarizar por esa espera, por la espera de Cristo. Y es consciente de una cosa, de que su popularidad podría hacer que la gente lo confundiese con Cristo. Así que, desde el principio, para eliminar todos los argumentos con los que la institución podría haberle inquietado, pero también para que las personas que acudían a él lo supieran, dijo: “Yo no soy el Cristo”. Esto significa que, más importante para él que su identidad, había que interesarse por quien era digno de interés en ese momento: Cristo. La cuestión no es él. Y no se le comprenderá si no se presta atención a Cristo, al Mesías. Por eso dice desde el principio: “Yo no soy el Cristo”. Juan el Bautista estaba allí antes de que llegase Jesús, precede a Jesús, por lo que se le llama “el precursor”, el que va por delante. Sabéis lo que es un cursor, pero él es el precursor, es decir, el cursor no está sobre él, no debemos equivocarnos.
Esto es algo muy importante también para nosotros hoy, porque todos tenemos en nuestro camino a “Juanes Bautistas”. Todos hemos tenido un padre, una madre, un abuelo, un amigo, un catequista, una catequista, da igual, pero siempre alguien que nos ha precedido y nos ha permitido este encuentro con Cristo. Haced memoria de sus nombres y sus rostros, porque son auténticos regalos. En la Biblia, se les llama ángeles, enviados, ya que la palabra ángel significa “enviado”. No se trata necesariamente de un pequeño volátil celestial, mofletudo, panzudos... esos son los ángeles barrocos, pero en la Biblia, un ángel es más a menudo un ser humano enviado por Dios. Y de manera misteriosa, no sabemos cómo llegó allí, pero llega en el momento oportuno, porque ha sido enviado por Dios.
Así que, todos tenemos “Juanes Bautistas” en nuestras vidas y, de alguna manera, la fe se transmite si entramos en esta dinámica de la misión del Bautista. Cada uno de nosotros puede ser un Juan Bautista para otro u otros cuando tenemos responsabilidades como la predicación o un ministerio en la Iglesia como el de sacerdote o diácono, o una responsabilidad como capellán u otra. También, en algún lugar, siempre está presente la figura del ministerio de Juan Bautista. Y ahí es muy importante ver cómo se comporta, porque si no vemos cómo lo hace, si no hacemos como él, no seremos un Juan Bautista, seremos un gurú. Y es fundamental escuchar de boca de Juan Bautista que él disocia inmediatamente a Cristo de sí mismo. Él dice: “Yo no lo soy”, lo que significa “yo no soy el centro, no hay que mirarme a mí, hay que mirar a otra persona”. Lo dice sobre todo porque siente que todos los focos, todas las cámaras se dirigen hacia él. Rompe en pedazos esa mirada que se centra en él. Una de las características del ministerio de Juan Bautista, de su forma de ser, es descentrarse siempre de sí mismo.
Le preguntan: “¿Quién eres, porque tenemos que dar una respuesta a los que nos han enviado, no vamos a volver con las manos vacías, tenemos un formulario que hay que rellenar, así que, ¿en qué casilla te colocamos?”. Juan responde con una expresión absolutamente genial, diciendo lo siguiente: “Yo soy la voz del que clama en el desierto: preparad, enderezad el camino del Señor. Como dijo el profeta Isaías, yo soy la voz...”. Es absolutamente genial porque la voz no es la palabra; la voz es esa vibración, esa sonoridad que permite que la palabra sea escuchada. Al decir: “Yo soy la voz”, da la impresión de que dice que no hay nada que mirar: “No hay que detenerse a mirarme. Hay que escuchar lo que digo y yo sólo vibro, sueno, pero no soy yo la palabra”. Y, de hecho, es un poco como la voz en off, es decir, una voz que se oye en algunas puestas en escena teatrales, sólo se oye la voz, no hay ningún personaje en el escenario. Eso es lo interesante, porque, en definitiva, para escuchar bien, como no vemos a nadie, hay que cerrar los ojos y dejar que esa palabra vibre en nosotros. Por lo tanto, quien es la voz, aunque necesaria, importa menos que la palabra que resuena en mí. Así que, una vez más, Juan Bautista se descentra completamente de sí mismo.
Hay un texto de San Agustín que os ofrezco. San Agustín dijo cosas extraordinarias, fue un gran pastor, un gran predicador.
Extractos del sermón de San Agustín para el Natalicio de Juan Bautista
Juan era la voz; el Señor, en cambio, en el principio existía la Palabra. Juan es la voz temporal; Cristo, la Palabra eterna que existía en el principio. Quita la palabra; ¿en qué se convierte la voz? Cuando nada significa, es un ruido vacío. La voz sin palabra golpea el aire, pero no edifica la mente.
(…) Buscando el modo como puedo llegar a ti y plantar en tu mente la palabra que ya está en la mía, asumo la voz, y, una vez asumida, te hablo. El sonido de la voz te conduce hasta la comprensión de la palabra; pero la palabra que el sonido llevó hasta ti está ya en tu mente sin haberse alejado de la mía. (…) El sonido de la voz resonó para cumplir un servicio y se alejó
Es difícil distinguir la palabra de la voz, hasta el mismo Juan fue considerado como el Cristo. La voz fue confundida con la palabra; pero la voz se conoció a sí misma para no ofender a la palabra. No soy -dice-, el Cristo, ni Elías, ni el Profeta. Le respondieron: Entonces, ¿quién eres tú? Yo soy -dice- la voz del que clama en el desierto: “Preparad el camino al Señor”. La voz del que clama en el desierto, la voz del que rompe el silencio. Preparad el camino al Señor: como si dijera: “Mi sonido va dirigido a hacer que él entre en los corazones; pero no se dignará venir al lugar donde yo quiero introducirlo a no ser que le preparéis el camino”.
Recibid de él el ejemplo de humildad. Lo toman por el Mesias, y dice que no es aquel por quien lo toman; no se apropia del error ajeno ni siquiera para darse importancia.
“No se aprovecha de los errores ajenos para darse de la importancia”. Sabéis, hay personas que se aprovechan de los errores de los demás para ponerse -sin decir ‘yo soy Cristo’- en el lugar de Cristo en el corazón de las personas. Y eso es muy grave, y no es culpa de las personas que se equivocan. Porque nosotros, los seres humanos, somos así: todos somos ovejas sin pastor, en mayor o menor medida según los momentos de nuestra vida, pero todos somos como ovejas sin pastor. De modo que, cuando la voz de alguien resuena como la de un pastor, cuando alguien parece capaz de liderar tropas, un líder, o alguien con carisma, etc., el reflejo inmediato es ir hacia él. Y si somos un poco frágiles, si nos encontramos en una situación de angustia interior, afectiva o de otro tipo, somos capaces de poner a esas personas en el lugar de Cristo dentro de nosotros. Pero sólo hay un pastor, y es responsabilidad de quien habla, de quien ocupa ese lugar, decir “no” y no aprovecharse del error del otro, para usurpar el lugar de Cristo. Eso es el dominio de los gurús, incluso dentro de la Iglesia. Pero sólo hay un mediador: Cristo. Todos podemos ser, sin que unos lo sean más que otros, mediadores de Cristo, pero la mediación no es una cualidad de las personas, es una acción en un momento determinado que hace que algo de Dios pase a través de nosotros para los demás, pero es limitada, temporal y es un servicio fraterno, nada más.
La misma Iglesia, cuando habla de su propio misterio, dice: 1) sólo hay un sacramento, que es Cristo; 2) la Iglesia es “en cierto modo” -fijaros en la precaución y la prudencia: “en cierto modo” -el sacramento de la unidad del género humano y de la unidad de los hombres con Dios. Pero nunca se dice a sí misma que es el sacramento de Dios, sólo lo es Cristo. Por lo tanto, ningún ser humano puede ser considerado un sacramento de Dios. En cambio, unos y otros, por nuestra vida bautismal, por Cristo que habita en nosotros, tenemos, en determinadas situaciones, esta capacidad de comunicar algo de Dios, de encarnar algo de Dios los unos para los otros, nada más. En la tradición espiritual, esto también se denomina el sacramento del hermano. Pero hay que tener en cuenta lo siguiente: precisamente porque es el sacramento del hermano, significa que todos estamos involucrados en esta capacidad y que ninguno es superior al otro. Sólo somos hermanos los unos para los otros, eso y nada más: ‘ser hermanos’. Por otra parte, el sacramento del hermano es una realidad que, en la tradición de la Iglesia, siempre se refiere en primer lugar al pobre: el que tiene hambre, sed, está desnudo, está en la cárcel... (cf. Mt 25).
Estoy diciendo cosas densas, quizás con demasiada rapidez, pero que son muy importantes hoy en día. La figura de Juan Bautista es magnífica porque él se disocia inmediatamente. Ahora bien, esto es precisamente la prueba de una auténtica misión de transmisión, el esfuerzo permanente, la determinación de cada instante de ponerse a sí mismo a distancia de Cristo y de poner sólo a Él en el centro; Él es el único capaz de ocupar el centro de atención, de fe, de piedad, de todo. ¡Sólo Cristo! Y es una impostura dar a entender que “sólo a través de mí conocerás a Dios”, es lo contrario de lo que dice Juan Bautista, que desvía la atención de sí mismo. Es una grave impostura, una grave usurpación. Y este riesgo acecha a todo el mundo.
El papa Francisco puso en marcha medidas para acabar con cierto clericalismo que es una modalidad de esta usurpación, un clericalismo que gangrena no sólo a los clérigos, sino a veces también a los laicos. Hay que ser honesto y decir que no es monopolio de los clérigos, aunque, por desgracia, parece que somos un poco especialistas en la materia. Pero el clericalismo, esa especie de monopolio y exclusivismo que pone a alguien en el lugar de Cristo, es la fuente de todos los abusos. El clericalismo puede darse en las familias, no sólo en la Iglesia.
Habría mucho más que decir al respecto. Para mí, Juan Bautista es una figura que hoy recupera su relevancia en las dificultades que atraviesan la Iglesia y nuestras comunidades.
P. Olivier Sournia
Miércoles 11 de febrero de 2026
Traducción del francés al español: Beatriz Simó y Pilar Sauquet
Crée en moi un coeur pur (Psaume 50) (CD Tissage d'or n°4)
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Crée en moi un cœur pur (psaume 50)
https://www.chantonseneglise.fr/chant/26389/cree-en-moi-un-coeur-pur-psaume-50
Para ver la letra en francés de la canción "Crée en moi un coeur pur"
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