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Isaías 49, 8-15
Así dice el Señor: En tiempo favorable te escucharé y en día nefasto te asistiré. Yo te formé y te he destinado a ser alianza del pueblo para levantar la tierra, para repartir las heredades desoladas, para decir a los presos: “Salid” y a los que están en tinieblas: “Mostraos”. Por los caminos pacerán y en todos los calveros tendrán pasto. No tendrán hambre ni sed, ni les dará bochorno ni el sol, pues el que tiene piedad de ellos los conducirá, y a manantiales de agua los guiará. Convertiré todos mis montes en caminos, y mis calzadas serán levantadas. Mira: Estos vienen de lejos, esos otros del norte y del oeste, aquéllos de la tierra de Sinim. ¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! Prorrumpan los montes en gritos de alegría, pues el Señor ha consolado a su pueblo y de sus pobres se ha compadecido. Pero dice Sión: “El Señor me ha abandonado, el Señor me ha olvidado”. ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido.
Al elegir un trozo del segundo canto del servidor de Yahvé, del profeta Isaías, en su liturgia de hoy, la Iglesia quiere que sepamos que incluso si, por un imposible, sucediese que una madre olvidase el fruto de sus entrañas, Dios, que es más Madre que todas las madres juntas -pues las madres son imagen de Dios-, él no olvidaría. Así lo ha querido, es Dios estremecido de ternura por nosotros. Esto es lo que la Iglesia quiere que escuchemos acerca de los padecimientos de nuestra vida en general. No creamos que Dios es un ser seco. ¡Dios es un vientre, Dios es un útero, Dios son ubres!
En el Evangelio de san Juan siempre aparece el Seno del Padre y del Hijo que se lanza hacia dentro. Es la Palabra, el Hijo que es Palabra de Dios no solo se vuelve hacia el Seno del Padre, hacia sus entrañas, sino que se lanza hacia dentro. Ahí es donde reside. Esto va muy lejos. El filósofo cristiano Blondel ha dicho esta palabra asombrosa para un filósofo, que es, además una parábola: “En el momento de crear el mundo, Dios hizo un hueco en su seno para albergarlo” Estamos en las entrañas de Dios, cualquiera que sea la prueba que padezcamos en nuestra vida y el vibrar materno, visceral de Dios se nos ha dado por toda la eternidad. ¿Y cómo podría Dios aceptar la perspectiva de que uno de sus hijos, uno solo, se perdiese, Él que es más madre que todas las madres? Preguntad a una madre que tenga dificultades con sus hijos. No hay manera, no puede ser feliz mientras su hijo no sea feliz. Así sucede con Dios.
Estamos aquí en las antípodas de esa representación de Dios filosófica que nos muestra a Dios creando con su cerebro matemático, que hace cálculos, que lanza el mundo como algo ajeno, que está distante de él. De este modo, el mundo está despegado de Dios, es una bolita de energía que Dios hace girar ante él y que vigila con prismáticos, para ver lo que sucede allá a lo lejos, pero no le interpela, no siente nada.
Este capítulo 49 del segundo Isaías es el segundo canto del siervo sufriente. El primer canto es el capítulo 42. El tercer canto es el capítulo 50. El cuarto canto, que todos conocen de memoria, es el famoso canto del siervo sufriente que la Iglesia reserva para el tiempo de la Pasión. Pero ese cuarto canto es el que da la tonalidad a todos los anteriores y es el que va a revelarnos por qué ese siervo necesita ser reconfortado por la certeza de la ternura materna de Dios hacia él, hacia el pueblo, hacia el universo entero. Pues lo que aquí se dice está en relación con la misión que el servidor, el niño ha recibido del Padre. (Es la misma palabra en la Versión de los Setenta al griego; “país” quiere decir niño y también siervo).
¿Cuál es la misión que irrumpe desde el primer canto del Siervo? ¿Cuál sigue siendo la misión que se manifiesta en cada uno de esos cuatro cantos del siervo? ¿Y por qué este hijo de Dios tiene tanta necesidad de ser reconfortado refiriéndose a la maternidad de Dios por él?: “No basta con que seas mi hijo, le dice el padre, no basta con que seas mi hijo para poner en pie a las tribus de Jacob…” Estamos en el momento de la cautividad de Babilonia adonde todo el pueblo de Israel, de Judá, ha sido llevado a las planicies de Mesopotamia. “No basta con que seas mi hijo para conducir a los supervivientes de Israel, los pocos que vuelvan. Tú eres mi hijo para ser luz de las naciones y para que mi salvación llegue hasta las extremidades de la tierra”. ¡Todas las naciones van a ser “mis hijas”! Esta es la misión del hijo de Dios, el famoso siervo de Yahvé.
Y por esa misión de universalidad de salvación para todos -Dios no hace acepción de personas- es por lo que va a ser condenado a muerte a manos de sus correligionarios racistas. Estamos de lleno en el proceso de Esteban y al igual que en el proceso de Esteban, estamos de lleno en el proceso de Jesucristo. El consuelo que Jesús recibe en Getsemaní: “Soy tu madre, siendo tu Padre. No te he olvidado. ¡Sigue!, ¡Ve hasta el final, sé la luz de las naciones! Mi aliento de eternidad está ya en ti. ¡Ya has resucitado, resiste!... Y con estos pertrechos de certeza de las entrañas uterinas de Dios hacia él, este Isaías misterioso que llaman “el siervo de Yahvé, va a ir hasta el final cuando en el capítulo 53, vemos que será masacrado por los judíos racistas de Babilonia. Esteban, Jesús…
Ah, no temáis. No temáis cuando la misión que consiste en ofrecer a los propios verdugos, a los asesinos, la salvación para que sus corazones sean transformados, desencadene, por envidia reactiva, la persecución de aquellos que se dicen hijos de Dios. Alegraos más bien, tendréis la última palabra. Esteban tuvo la última palabra. El siervo de Yahvé tuvo la última palabra pues ha tenido sucesores y los sucesores son los pobres de Yahvé, gentes como María y José. Y así será a lo largo de la historia. Son las víctimas quienes van a ser capaces de transformar el corazón de sus verdugos, de sus perseguidores.
¡Ah! ¿Entonces quién es Dios? ¡Un Dios semejante! Por eso, en esos cantos del siervo de Yahvé, tenemos en el Antiguo Testamento el vértice supremo de la revelación que anuncia a Jesús sobre la cruz y su victoria. Ese corazón de gloria que María comparte y que les hace capaces de decir: “Perdónales porque no saben lo que hacen”. Ese corazón de gloria en Esteban desde el fondo de su fosa de lapidación que le hace capaz de decir: “Señor, no les tengas en cuenta este pecado”. Y se durmió, no con el rictus de venganza hacia sus asesinos, sino con el sueño propio de un niño. “Soy yo quien ha ganado”, dice Jesús en la cruz, “tetelestai” (que significa en griego “todo está cumplido”) Y es lo que dice Esteban desde el fondo de su fosa. Así, Pablo es el vencido de Esteban.
Florin Callerand
Miércoles 1 de abril de 1987
Traducción del francés al español: Beatriz Simó y Pilar Sauquet
Si Dieu est pour nous, qui sera contre nous ? (CD Tissage d'Or n°6)
Para ver la letra en francés de la canción "Si Dieu est pour nous"
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