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Lo que aparece en el relato de la Visitación (Lucas 1,39-56) es la presteza de María: en cuanto lleva en ella el niño que ha concebido por el Espíritu Santo, se pone en marcha.
¿De qué se trata esta presteza? No es una rapidez que provenga simplemente de la agilidad de las piernas, esta rapidez es la del Espíritu Santo. En cuanto llevas a Jesús dentro de ti, corres. En cuanto oyes la voz de Jesús, a través de la voz de María, te estremeces. Apenas Isabel oye esa voz se llena del Espíritu Santo, clama con voz potente, bendice y María proclama su gozo. Una gran intensidad se despliega en María a partir de la acogida que experimentó. A quien le dijo: “Quiero venir a través de ti, si tú quieres”, ella responde: “Hágase en mí según tu palabra”.
Mis ojos se adhieren a esa rapidez del Espíritu Santo porque aquí entra en juego el combate del que habla el Apocalipsis (Ap 11,19a ;12,1-6a, 10ab). Lo que suele ocurrir en el mundo es una ralentización que lleva a la muerte. Cuando estás muerto no te mueves. Todas las formas de ralentización encuentran su punto culminante en la muerte. Escuchamos en el Apocalipsis que hay una terrible obra de destrucción representada por la poderosa forma de un dragón con diez cabezas coronadas. Esto significa que tiene un gran poder, que quiere destruir. Quiere devorar al niño y está ahí, delante de la mujer que grita con dolores de parto.
El dragón que devora y que es muy poderoso, es precisamente el que pone la lentitud dentro de nosotros, el que no quiere que el niño nacido de la mujer se apresure, que venga. San Juan, en el Apocalipsis, une el misterio de la Navidad con el misterio del Viernes Santo y el de la Resurrección, y es una visión teológica extremadamente profunda.
Pablo lo ve claramente cuando escribe: “Cristo resucitó de entre los muertos como primicias de los que durmieron”. (cf. 1Corintios 1,20-26) Sí, Cristo ha resucitado, pero debe llegar hasta el final. La victoria es segura, pero aún debemos luchar hasta que Él haya destruido todos los poderes del mal. Ahora bien, una cosa es cierta: Aquel que nos llama a la existencia no puede aceptar, y nunca ha aceptado, dar la existencia para que acabe en la muerte. El Dios Eterno nunca ha aceptado dar existencia a algo que no terminara en la eternidad. Dios no puede contradecirse.
Pero, ¿cuándo ocurrirá? ¿Cómo se realizará esta victoria dentro de nosotros? ¿Qué es esta rapidez que ha de venir? “María a toda prisa... María a toda prisa”.
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Por encima de todo, está el misterio de la acogida. María, cuando llega con presteza, nos hace ver ante todo a una mujer que saluda a otra mujer. “Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel”, inmediatamente la mujer se dirige a la mujer. María sabía que este nacimiento era un portento de Dios, ya que Isabel era estéril (cf. Lucas 1,7). Isabel sabía que ese niño se lo había dado Dios y se preguntaba: “¿Por qué hace esto Dios? ¿Qué tiene en mente?”
Por ese motivo, María llega y sencillamente la saluda... Me gusta mucho este término “la saludó”, porque de hecho, toda la experiencia de María lleva la impronta de esta delicadeza que le es muy particular, sabemos que es ella, es como la sencillez de un saludo, hay un frescor, una limpidez... Las palabras son sencillas, pero la intensidad de la limpidez, la intensidad de este frescor solo le pertenece a ella, como si esta sencillez de un saludo, que es el saludo de Dios a través de ella, tuviera el poder de despejar en nosotros todo lo que se asemeja a la neblina, a la opacidad, al ruido. Y esta voz clara tiene el poder de dinamitar dentro de nosotros lo que impide que el Espíritu Santo fluya.
En primer lugar, tenemos el sobresalto gozoso del niño, y esto es muy importante, el salto de gozo del niño que es solamente un embrión de seis meses, es imposible. A los seis meses, el niño ya se mueve en el vientre materno, entonces ¿cuál es el significado de este “salto de gozo”?... San Pablo dice: “Dios escoge a los débiles, Dios escoge a los sin nombre, Dios escoge a los despreciados”. (cf. 1Cor 1,27-28) Cuando hablo del pequeño Juan Bautista, pienso en el niño que hay en cada uno de nosotros, en el niño que no sabe, en el niño que está en el vientre de su madre, envuelto... Hay un niño dentro de nosotros, y un niño que solo puede vivir si se estremece de gozo.
Quisiera llamar vuestra atención sobre las palabras presteza, saltar de gozo y sobre esa atmosfera de alegría, a la vez que de combate, que las envuelven. Está el estremecimiento de gozo del niño que hace que Isabel escuche ese lenguaje de cuerpo a cuerpo, del pequeñín a la madre, y entonces se llena del Espíritu Santo. Solo se puede exultar, solo se puede manar a borbotones cuando se está lleno del Espíritu Santo, y esto quiere decir que ya no puede detenerse: una vida que desborda y que nunca se detendrá.
Y el niño comprende, la madre comprende y proclama esas palabras que podemos hacer nuestras: “Bendita eres entre todas las mujeres”, no por encima de todas las mujeres, sino “entre todas las mujeres”. Existe una misteriosa solidaridad de esta mujer con todas las mujeres. “Y bendita eres en medio de todas las que dan la vida, porque has creído en las palabras que te fueron dichas por parte de Dios, estas palabras que hablan de las entrañas de Dios. Y lo que fue comunicado de las entrañas de Dios a tu seno materno, María, es precisamente la eternidad, una vida que la muerte jamás podrá destruir.
“Cuánta dicha de que la madre de mi Señor venga a visitarme”. Esto es lo que percibió Florin el 1 de noviembre de 1950: María en la Asunción está en visitación permanente en el interior de nuestras conciencias. Y su voz, si la oímos, nos permite entrar en esta gratitud, en este impulso de agradecimiento maravillado: “¡Cuánta dicha de que mi Señor venga a mí! ... Porque al oír tus palabras de saludo, el niño saltó de gozo dentro de mí”. Y he aquí el evangelio resumido en una frase: “¡Dichosa! Todo está ahí, dichosa la que creyó en el cumplimiento de las palabras que le fueron dichas por parte del Señor”.
Si Florin recibió esta gracia: “María en visitación en el interior de las conciencias de forma permanente”, esta gracia puede desaparecer si en nosotros se disipa el impulso, si nos acostumbramos, si nos limitamos a repetir.
El impulso viene del corazón, es el impulso del niño, es el impulso de Isabel que le hace escuchar la voz de María y en ese momento, la voz de María puede alcanzar toda su plenitud y su canto resonar dentro de nosotros: “Mi aliento va al ritmo de Dios mi Salvador”. Cuando caminas con alguien, para caminar juntos, es necesario que el propio ritmo, la propia respiración vayan al ritmo de la respiración del otro. Si vas más despacio, si no vais al mismo ritmo, en ese momento, no podéis exultar.
María dijo: “Se inclinó sobre la humildad de su sierva... Así es para todos los pequeños de la tierra, Dios se inclina, Él es el único que se inclina sobre nuestro humus y es esa mirada la que hace saltar de gozo al niño en nuestro interior. Y todos vosotros vais a tener experiencia de ello... todas las edades, todas las generaciones me llamarán dichosa”.
Este “dragón” del que habla el Apocalipsis, estas “fuerzas” de las que habla San Pablo, todos los que quieren matar al niño nada más nacer, caerán, porque hay una rapidez, una premura de amor, una prontitud de alegría, una presteza de felicidad. Y el Apocalipsis nos sigue diciendo: “¡Esta es la victoria, ya está aquí! Y todas las falsas consistencias, todo lo que hemos creado para darnos un sustituto de eternidad, serán arrasadas. Lo único importante es que la muerte muera y que la inercia desaparezca. Y esto solo puede ocurrir si aceptamos llenarnos del Espíritu Santo, como María, nuestra hermana. Este ha sido el misterio de la Iglesia durante siglos.
Es entonces cuando entramos en el misterio de la Asunción, a través de nuestra experiencia cotidiana: ese estremecimiento gozoso, esa rapidez, ese impulso que está ahí, que colabora, que se desea, todo esto ya es nuestra Asunción. Es Jesús resucitado el que se apodera ya de nuestros cuerpos, de nuestros débiles y frágiles cuerpos, porque existe esta íntima cooperación que es el secreto de cada uno cuando acogemos a María. Porque tiene la gracia de aportar este frescor, esta limpidez, esta ternura maternal que nos da seguridad, es valiente, y “María se encaminó presurosa hacia la casa de Judea”.
Que María encuentre en nosotros, en cada uno, al niño de Isabel que ya está saltando de gozo y a la mujer llena del Espíritu Santo. Amén.
Roger Robert
15 de agosto de 2005
Traducción del francés al español: Beatriz Simó y Pilar Sauquet
"Tressaillez de joie", CD Tissage d'or 3 (Communauté de la Roche d'Or)
Para ver la letra en francés de la canción "Tressaillez de joie !"
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