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Cuarenta días después de la Navidad, el Niño Dios sigue visitándonos en la fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo. La Candelaria, es la fiesta de la luz y nos hace un guiño en pleno invierno, en la oscuridad de nuestros inviernos. Porque, a pesar de que el clima sea más templado, el invierno es duro en muchos corazones. Una cacofonía mediática parece detener oscuros nubarrones en el horizonte. Discursos climáticos, sanitarios, políticos, económicos, incluso militares y otros, arrastrándonos por antojadizos vendavales, donde está permitido decirlo todo y su contrario. Pero más insidioso que el miedo es la morosidad y la lasitud, que nos instala en el sopor de la indiferencia.
¿Qué podría visitarnos en estas horas? Las palabras del Evangelio del día de la Presentación de Jesús en el templo, las de la fiesta de la luz de la que nos dice Florin: “Hay que ver que la Pascua no brilla más que el espectáculo del pequeño que Simeón tiene en sus brazos... La Resurrección en nosotros es una transfiguración sencilla de lo ordinario. Por eso podemos situar este inicio de la Pascua en el 2 de febrero en paralelo con la propia Pascua”.
¿Vamos a esperar a la Cuaresma para vislumbrar la Pascua? ¿Nos hemos quedado dormidos frente a la gruta de Belén apenas irse los Reyes Magos? De Belén al Calvario, por todos los caminos de Galilea, de Judea hasta el Huerto de la Resurrección, ¿continuamos siguiendo a la Estrella? Estas preguntas nos las hacemos en primer lugar a nosotros mismos, Comunidad de la Roche d’Or, cuya única tarea es la de anunciar el Evangelio. Con motivo de nuestra última eucaristía comunitaria, en la que por una vez nos reunimos con Roger, Françoise y la pequeña comunidad de Le Russey*, las palabras fueron sin concesión: “¿Pedís ser ardientes?” “¿Lleváis en vosotros una antorcha ardiente o solamente sois simples seguidores? ¿Cuál es la Palabra que os impulsa?” La luz es un combate, solo el fuego mantiene a raya a la noche y a sus habitantes, y la lámpara que brilla en el candelabro muestra el camino al viajero perdido. No podemos callarnos.
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Sí, nos alegra compartir con vosotros estas palabras de Florin, su fuerza nos hace revisitar nuestras expectativas y nos inclina con admiración hacia la verdadera luz: “Hace falta realmente una sacudida tremenda del Espíritu Santo para poder reconocer a Dios en la mayor debilidad humana, es decir, la debilidad de un niño recién nacido que está totalmente abandonado a las fuerzas externas. Solo no puede sobrevivir. Entonces, ¿quién es Dios?”
¡Feliz fiesta de la luz!
Danièle Valès
(*) Consultar en nuestra página web la historia de los orígenes de la Comunidad
Traducción del francés al español: Beatriz Simó y Pilar Sauquet
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“¡La luz de las naciones!”
... este pequeño que Simeón tiene en sus brazos.
“Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón. Era un hombre justo y religioso, que esperaba la consolación de Israel, y estaba en él el Espíritu Santo" Lucas 2,25
Es con este versículo con el que San Lucas introduce a Simeón en la historia de la presentación de Jesús en el Templo. Esto nos lleva a preguntarnos: ¿cuántas personas lo estaban esperando de este modo? ¿Por qué estaban esperando estas personas? En el prólogo del Evangelio de San Juan está escrito: “Vino a los suyos, y los suyos no lo recibieron”, mientras que aquí viene a los suyos, y ¿hay algunos que lo reciben?... Pero San Juan añade “...pero a todos los que lo recibieron les dio poder de hacerse hijos de Dios”. [Leer más...]
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