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Blog de Roche d'Or

Blog de Roche d'Or

Comunidad de la Roche d'Or en Besançon y Fontanilles

Publicado en por P. Florin Callerand
Etiquetado en : #cantos

Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, que nació de mujer y fue sometido a la Ley, con el fin de rescatar a los que estaban bajo la Ley, para que así recibiéramos nuestros derechos como hijos. Vosotros ahora sois hijos, por lo cual Dios ha mandado a nuestros corazones el Espíritu de su propio Hijo que clama al Padre: “Abba” o sea: Papá. De modo que ya no eres esclavo, sino hijo, y siendo hijo, heredero. Esa es la obra de Dios. (Gálatas 4, 4-7)


Cuando decimos que “llegó la plenitud de los tiempos”, eso significa, en lenguaje bíblico, que ha pasado mucho tiempo. Significa que Dios, que sueña desde muy lejos, se ve obligado no sólo a esperar, sino a trabajar a lo largo de la historia del mundo, para hacer posible lo que ha soñado desde el principio en lo más profundo de su corazón. “El bien”, dice Santo Tomás de Aquino, “es una difusión de sí mismo”. Dios tiene la tarea de extenderlo a lo largo de innumerables siglos porque, si no lo escalonara, impondría su sueño y eso sería la instauración de una dictadura para siempre. Sabemos que muchos cristianos todavía no son conscientes de esta necesaria lentitud en el desarrollo del plan de Dios, porque hemos tenido tantos malos ejemplos a lo largo de la historia que los “retro proyectamos” en Dios.

Para que la humanidad salga de la angustia prehistórica de la edad de las cavernas y llegue a considerar a Dios como Padre, hacen falta realmente siglos y milenios de preparación. Pues bien, la plenitud de los tiempos es cuando Dios ve por fin que, con María, con José, con los Pobres de Yahvé en Israel, podrá esta vez dar a su Hijo. Era imposible de otro modo.

Tomemos una parábola, la de un avión que intenta aterrizar, pero no encuentra su pista de aterrizaje ¿Qué hace ese pobre hombre? La parábola evidentemente chirría… Va a haber un trágico accidente, un espantoso vuelco, un choque... Pero Dios estaba buscando… Mirad hacia atrás en la historia de Israel: ¿Sara no habría podido ser la indicada? ¿O bien, Raquel, Rebeca, Débora, Jael, Judit, Ester?... Dios está tratando de aterrizar. Pero en ninguna de estas mujeres encuentra lo que hace falta, aunque ya están revestidas de inmensos valores. Para que Dios pueda enviar a su Hijo, se necesita el terreno apropiado, y sólo con María puede Dios decir con toda confianza, con toda serenidad, con toda paz profunda: “Aquí tienes a mi Hijo, te lo entrego, confío plenamente en ti”.

Cuando un hombre busca intencionadamente dar fecundidad a su mujer, es porque está seguro de que puede darle su semilla y su descendencia porque ella es la única para él.

Entre Dios y María, María y Dios, hay un ajuste, una proporción lograda. María, la Madre de Dios, en ella precede la preparación de todo el pueblo de Israel que ella hereda y que, cuando aparezca, va a ser impregnada del Espíritu Santo, lo Femenino que está en Dios, lo materno que está en Dios. El seno en el que el Padre engendra a su Hijo se unirá al seno de esta joven hija de Israel. Por eso el Hijo de Dios no tendrá que cambiar de seno ni dejar su condición de Hijo de Dios en el seno del Padre, en Ruah para establecerse en el seno de María, porque el seno de María y el seno de Dios se abrazan, se interiorizan el uno en el otro, y ésta es la capacidad que hace a María capaz de hacer lo imposible, esta maravilla de las maravillas que supera cualquier sueño humano y que corresponde al sueño de Dios.

Lo que celebramos es esta paciencia de Dios a través de los siglos. “Cuando el tiempo se cumplió... cuando el tiempo llegó a su plenitud”, esta expresión abarca a alguien llamada María, potencialmente capaz de dar a Dios la condición humana. Y el día de la Anunciación, María tuvo que pasar, como dijo Santo Tomás de Aquino, de la potencia al acto, y entonces se desencadena todo.

Es cierto que, cuando miramos a Jesús, nos sobrecoge ver que María fue capaz de crear semejante obra maestra. Cuanto más leemos el Evangelio, más nos deslumbramos y no podemos evitar aplicar a María el esplendor que vemos en Jesús. Tanto es así que el camino de María para ir hacia Jesús es la otra cara del camino de Jesús que nos conduce hacia María. Los dos caminos son iguales, y encontramos el esplendor del amor de Dios cuando sabemos que es para nosotros, con vistas a nuestra divinización.

Entonces el texto de San Pablo dice de nuevo: Ahora tienes la prueba, ya no eres un esclavo, es decir, un ser temeroso, temeroso del látigo y de la vara, de mentalidad servil... sino que eres hijo, plenamente hijo, eres libre, recibes el don del Espíritu Santo, eres heredero por la gracia de Dios. Eso es, perteneces a Dios. Estás en tu morada y Dios está en su morada, morando contigo. ¡Hemos llegado! La mentalidad de esclavo, la mentalidad de miedo y temor, todo eso ha desaparecido, Estamos a gusto con nuestro Dios, como Jesús está a gusto con el Padre, como Jesús está a gusto con María. Así que nos toca a nosotros atrevernos a jugar el juego de la libertad. Esta relación de hijos hacia Dios es la mejor Buena Noticia.

María sabe de qué va la cosa, por eso le pedimos que siga ejerciendo su maternidad sobre nosotros. 
Nos ponemos bajo la influencia de María, Madre de Dios, Madre de Jesús, Madre de Juan, Madre nuestra. Por eso, es Ella quien nos dice: “Si venís a mí, entonces el año será bueno”.


Florin Callerand
1 de enero de 1991

 

Traducción del francés al español:  Beatriz Simó y Pilar Sauquet​​​​​​​

Lorsque vint la plénitude, CD Tissage d'or 2 (Communauté de la Roche d'Or)