Roger introduce la Semana Santa en abril de 1998…

“No os dejaré huérfanos… Estoy con vosotros para siempre”.
Sin la vida de Jesús, nuestras vidas tendrían la consistencia de unas pompas de jabón. Son preciosas durante unos instantes para los que las observan, luego desaparecen e incluso se escapan de la memoria. Abocados a nosotros mismos, no alcanzamos guardar la presencia del otro.
Por este motivo, esta semana, la Iglesia ha llamado a esta Semana, la Semana Santa y no debería malinterpretarse esta palabra. Esta palabra quiere decir que la santidad es lo que caracteriza el impulso eterno de Dios. La santidad es Dios que va hasta el final y, por lo tanto, nos manifiesta la consistencia de nuestra existencia.
Si celebramos estos días en el tiempo, no quiere decir que las demás semanas no sean santas. Cada día, cada instante son instantes santos, pero esos días marcamos al tiempo con un signo particular porque hace unos 1968 años, probablemente un 6 de abril del año 30, Jesús, reconocido en todo como un hombre, murió y cuando murió, murió sin reconocimiento alguno. Murió siendo rechazado, expulsado y abandonado. Fue entonces, cuando apareció lo incomprensible y que continúa siendo incomprensible para el ser humano, en tanto no lo experimentemos personalmente; lo incomprensible para nosotros que estamos viviendo en el tiempo y que pensamos que todo se para cuando un ser muere o cuando nos morimos. Los que se quedaron sin esta presencia porque la habían perdido o no podían mantenerla, hicieron la experiencia de no quedar abandonados. Aunque, si con el tiempo volvían sobre el aspecto doloroso de los últimos días y guardaban en el corazón algo de la belleza que habían vivido con esta persona, no podían guardar su presencia. Esto hubiera sido para ellos una mera ilusión…
Y ahora se descubren visitados… Esta presencia, no podían inventarla, no podían hacerla reaparecer en su vida como hacemos reaparecer un recuerdo… y entonces, surge este inesperado encuentro.
Sin Jesús, nuestros rostros se desvanecen. Por mucho que nos miremos, sin Él, nuestros rostros pronto desaparecen. Podemos coleccionar todo lo que una persona haya dicho o vivido, rememorar los acontecimientos o mirar fotografías de lo que vivimos juntos, pero es el impulso amoroso del alma que le dice al otro: “Para mí, ¡estás presente para siempre!” Podemos hacerlo con todo el amor de que somos capaces, pero se aguanta mientras lo mantenemos, es decir poco tiempo… Pero gracias a esta intensidad de presencia que apareció en Jesús y a esta afirmación: “No os dejaré huérfanos (Juan 14,18) Estoy con vosotros para siempre (Mateo 28,20)”, ahora podemos acoger todas las otras presencias.
La muerte de Jesús nos revela la belleza eterna de nuestras existencias, porque lo que le sucede, lo que aprendemos de Él, es que Jesús es garante de la relación.
A medida que avanzamos en este acompañamiento con Cristo, descubrimos que Solo Dios nos ama de esta manera. En lugar de guardar nuestros recuerdos, ahora nuestros brazos se abren y nos habitan nuevas perspectivas, nuevos universos. La persona que hemos amado vuelve a nosotros, no únicamente por la fuerza de los recuerdos, sino impulsada por el mismo amor de Dios.
El primero en cuidar con amor de nuestra existencia, de nuestras existencias es Él. Todas nuestras ternuras humanas, todo los que pudimos manifestar es justo y verdadero, sobre todo no hay que minimizarlo, pero mientras no hayamos percibido la existencia eterna de un ser, se mantendrá lo que nosotros la mantengamos. En nuestra relación a Jesús, descubrimos con admiración, lo mucho que cada uno de nosotros es amado.
Es Jesús quien nos da a nosotros mismos y nos da los unos a los otros, es el garante de nuestras relaciones de eternidad. Y es solamente con esta experiencia del impulso, del recorrido amoroso del Espíritu Santo que sondea las profundidades de Dios y las nuestras, donde tenemos acceso, no solamente a las palabras que han expresado el universo interior de Jesús, sino también al espacio interior de aquellos que hemos amado. Se nos ha devuelto la presencia del ser amado con toda la inteligencia y la fuerza amorosa que hay en Dios. Entonces todo lo que pudimos vivir se irradia por una fuerza de luz, para sostener lo que ya habíamos visto e iluminarlo y ofrecer una resonancia, una resonancia eterna.
P. Roger Robert
Traducción del francés al español: Beatriz Simó y Pilar Sauquet
"Si Dieu est pour nous", CD Tissage d'or 6 (la Roche d'or)
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