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Sabemos, desde este martes por la noche, que no podremos abrir nuestras casas antes de finales de enero, y esto, suponiendo que todo vaya bien y que una tercera ola no nos deje, de nuevo en tierra, como esos aviones bloqueados en su pista de despegue. Por lo tanto, celebraremos la Navidad, al igual que celebramos la Pascua y el día de Todos los Santos, en la intimidad de la comunidad. Pero, estad seguros, de que el silencio de la Gruta vibrará con vuestras innumerables presencias.
Los textos de la liturgia de Adviento resonarán, como cada año, con múltiples clamores de espera, de súplica, de esperanza: “Ven, Señor, no tardes”. Es evidente que el clamor de Israel implorando la venida del Mesías encontrará ciertamente una resonancia especial en nosotros, en estos días de interminable espera. ¿Cuánto tiempo hace que no habíamos esperado tan intensamente?
Todos confiamos, vigilamos, deseamos y esperamos el fin de la pandemia, el fin del confinamiento, el fin de las mascarillas y de los famosos “distanciamientos sociales”, la libertad, por fin, de abrazarnos, de poder abrazar a nuestros seres queridos mayores o enfermos. Durante meses hemos estado supeditados, impotentes ante los anuncios sanitarios, políticos y económicos. Quizás, finalmente, lo que estamos redescubriendo, más allá de nuestras expectativas personales, es la espera de un pueblo, de una humanidad, la espera de una liberación a escala de la humanidad.
El texto de Florín que nos alegra ofreceros para inaugurar el año litúrgico, concluye con estas palabras de Teilhard de Chardin: “Nosotros, cristianos, encargados tras Israel de mantener siempre viva la llama del deseo en la tierra, solamente veinte siglos después de la Ascensión, ¿qué hemos hecho de esa espera?”
Este Adviento y esta Navidad nos invitan a todos a revisitar nuestras expectativas, a descender hasta el secreto de nuestras grutas, a escuchar y escudriñar los desconcertantes signos de nuestros tiempos. El Resucitado ya está aquí, tiene el rostro del Niño que viene, y entre los brazos de María, nos dice: “Soy yo, no temáis”.
Danièle Valès
Traducción del francés al español: Beatriz Simó y Pilar Sauquet
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