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Se trata, ante todo, de una singular revelación sobre la profunda naturaleza de Dios y sobre ese aliento, llamado, vehemente, poderoso, tal y como se representa el viento de Pentecostés. Es importante comprender cuál es la resistencia, la fuerza, de la respiración de una paloma, incluso, cuando después de un largo vuelo la sostenéis jadeando en la palma de la mano. Esto, no tiene nada que ver con un vendaval que arranca árboles y derriba tejados.
La parábola de Jesús, que viene inmediatamente después de la proclamación de las Bienaventuranzas, las ilumina a todas: "Vosotros sois la sal de la tierra. Mas si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la salará? Ya no sirve para nada más que para ser tirada afuera y pisoteada por la gente" (Mateo 5,13)
El Espíritu es quien echa la sal, quien da el sabor. Pero este fuego, esta sal, esta fuerza, ese aliento son de la misma naturaleza que la paloma sin hiel, sin resentimiento. Estas conexiones no son descabelladas. El deslizarse de una imagen en otra nos hace comprender la auténtica personalidad de Jesús, rebosante del Espíritu Santo. Así es como se puede entrar profundamente en la comprensión de esta bienaventuranza de la humildad, mansedumbre, docilidad, piedad filial y fraterna.
Una vez más, Jesús modela su retrato, el de su madre, el de sus principales discípulos. Celebra la dicha íntima del hombre del reino de los cielos que vive en el aliento de las inspiraciones del Espíritu Santo, experimentándolo constantemente.
La palabra humilde también traduce por "dócil" e incluso por "enseñable". Es justo pensar que el reino de Dios solo se establece en un corazón cuando éste acoge las inspiraciones del Espíritu. Esta bienaventuranza es la de los inspirados, la de los profetas que se dan cuenta de que en ellos hay Alguien que les alienta, que les sugiere, que les abre los ojos, que les asiste y a quien responden con una acogida dócil como la de un niño que se deja llevar de la mano.
La imagen bíblica del junco deberá ser recordada aquí en ambos sentidos. Dios no ordena con dureza. Habla. No obliga. Su vara de mando carece de espinas para dar órdenes incisivas. Su cetro no es más que una caña, incapaz de herir con violencia y contusiones. Pero es irrompible, y volverá una y otra vez. Dios no rompe los muros con una barrena o con un martillo percutor, sino a base de amor.
El segundo significado de la imagen del junco se aplica a su asombrosa flexibilidad. El viento puede arrasar los bosques de robles o de abetos centenarios, destrozándolos o desarraigándolos. Los juncos, en cambio, se doblan y permanecen acostados a ras del suelo; una vez el viento haya pasado, se alzarán irresistiblemente. Aquí vemos cómo el más débil es el más fuerte, o cómo el verdaderamente fuerte, victorioso, será aquel cuya paciencia y fragilidad triunfen al final.
"Con vuestra perseverancia" dice Jesús, "obtendréis la vida." (Lucas 21,19) "La esperanza no falla", añade San Pablo, "porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado..." (Romanos 5,5). Nada puede resistirse, ni escapar, ni dejar de cooperar un solo día y así alcanzar finalmente la vida en plenitud… ¡Oh, santa docilidad, eterna dulzura de la libertad!
Si vamos más allá de la palabra "dócil" para detenernos en la de "enseñable", descubrimos la cualidad primordial que se celebra en el Evangelio, considerada como la del reino de los cielos. La palabra de Jesús vuelve con insistencia, de varias maneras:
"El Reino de los Cielos pertenece a los niños
y a los que son como ellos"
No obstante, todo lo que ocurrió en el plano cronológico de la historia, hace dos mil años, continúa en el ámbito místico dentro de cada uno de nosotros, donde Cristo resucitado nos inspira con la efusión de los dones de su Espíritu.
La escena de la Anunciación nos revela cómo esta bienaventuranza de los inspirados, de los dóciles a la gracia, de los que se dejan enseñar por la palabra de Dios, se aplica a María. Isabel no se equivocó en su apreciación de la alegría de María, manifestándose en su sencillo saludo: "¡Dichosa tú, que has creído en la palabra que te fue dicha por parte del Señor!" (Lucas 1,45)
Esta bienaventuranza puede llegar a ser nuestra, sin restricción. Porque no hay nadie a quien Dios no hable, si se tiene un alma de niño y un corazón vulnerable para recibir, como en una gran vela izada, el más ligero soplo del Espíritu. Pero, ¿por qué no hay más profetas en la Iglesia y en el mundo? ¿por qué hay tanta gente encerrada en la terrible soledad de su sordera interior?
Uno de los mayores sufrimientos de María, mientras acompañaba a Jesús, debía de ser constatar que muchos "no escuchaban" lo que Jesús estaba diciendo. Podemos estar seguros de que el gozo de escuchar que se reflejaba en el rostro de María, la dilatación de sus rasgos, el impulso de su cuerpo hacia el mensaje escuchado, debió cuestionar a muchos.
La bienaventuranza que se lee en el rostro del que verdaderamente escucha, al igual que la llama que brilla en los ojos del que habla movido por la inspiración, así como el calor de la convicción que surge de una profunda experiencia de Dios, esto es lo que derrite a los corazones de hielo.
Conocemos el acierto, inspirado por el Espíritu, con que Isabel se dirigió a María: "¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor…? Sí, ¡dichosa tú por haber creído que llegará a cumplirse lo que te han dicho por parte del Señor!" (Lucas 1,43...45). En estas últimas palabras es donde brilla, sin duda alguna, la mayor belleza de la santidad de María.
Oh María, ágil, flexible como un junco bajo la inspiración del Espíritu, todas las bienaventuranzas del Evangelio encajan contigo, te describen perfectamente, incluso parece que Jesús esté dibujando los rasgos de tu retrato místico. Pero la bienaventuranza de la docilidad es quizás lo más hermosa que hay en ti, porque "Tu eres mano activa en la mano de tu creador y de tu Emmanuel y con Él has hecho y sigues haciendo maravillas.
Florin Callerand, 17 de enero de 1991
“Un pobre llama, Dios responde” © 2006
Fragmentos p.106...134
Traducción del francés al español: Beatriz Simó y Pilar Sauquet
"Tu es béni, Dieu notre Père", CD Tissage d'or 5 (Communauté de la Roche d'Or)
Para ver la letra en francés de la canción "Tu es béni, Dieu notre Père"
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