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Blog de Roche d'Or

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Comunidad de la Roche d'Or en Besançon y Fontanilles

Publicado en por P. Florin Callerand
Etiquetado en : #texto de Florin, #cantos

Existe un tono común, esencial, como una corriente que circula de una bienaventuranza a otra de tal forma, que se puede decir que cada una de ellas, las contiene todas. El "hilo conductor esencial" en todas las bienaventuranzas es que el tiempo de la liberación ha llegado debido a la aparición del Mesías en el curso de la historia humana. Antes de su venida, dado que aún no existía la fuente permanente del Espíritu Santo, que es el mismo Jesús, era verdaderamente imposible escapar de la finitud de la existencia, de la muerte, del sinsentido que acarrea toda vida, de poder practicar de forma habitual y posible el diálogo filial con Dios, de mantenerse continuamente en actitud de sobrecogedora adoración al verse colmado de la santa presencia en sí mismo y en todas partes. Ahora, con el Cristo Mesías, se ha alcanzado la plenitud de los tiempos.

Por decirlo con la parábola del Salmo 18, al sol le ha costado mucho tiempo salir, elevarse y alcanzar su zenit. Ahora, es cosa hecha y está envolviendo al mundo con su luz y su calor.

Esta bienaventuranza trata principalmente de la respuesta histórica de Dios, anunciada proféticamente por innumerables escritos de los profetas y salmistas: “Ha llegado la hora en que la justicia se inclina desde el cielo”. (Salmo 84)

Hay un frente trágico de injusticia, violencia, exacción, opresión de todo tipo: guerras de asaltos, de sometimiento con el fin de arramblar con prisioneros para utilizarlos como mano de obra barata, hacerse con el botín, principalmente un botín humano, es decir, con esclavos. Se sabe que, en la época de César y de Augusto, cerca del ochenta por ciento de la población del Imperio Romano eran esclavos. Por lo tanto, podemos adivinar, sin ningún sentimentalismo, todo lo que entraña la expresión de Jesús: “Los hambrientos y los sedientos de justicia”. ¿Cuándo llegará la era de la justicia de Dios? suspiraban las poblaciones oprimidas y explotadas. El progreso que ha tenido lugar en la historia, dos mil años después de la venida de Jesús, aún está a años luz de haber alcanzado su objetivo. El evangelio apenas se escucha y se sigue en muchos estados y sociedades, lo mismo por parte de muchos hombres, incluso los que alardean del nombre de “cristianos”. Pero Jesús ha vuelto a dar esperanza al mundo al crear pequeñas comunidades de hombres y mujeres a los que inspira y de quienes se ha podido decir: “Mirad cómo se aman”. Su forma de vivir está modelada en la suya, es decir, en la de Dios. Estamos ante una respuesta ejemplar que debe ser recibida con paciencia, pero ya reconfortante y llena de verdaderas promesas para las víctimas de la injusticia.

Marthe Robin se veía a sí misma, mucho antes del Concilio Vaticano II, como impulsada por el cielo para establecer comunidades donde ya no hubiese "pobres". Ella veía unas comunidades basadas en “el reparto más perfecto y equitativo posible entre las personas con sus bienes materiales y espirituales”. Sabemos que la perecuación de los bienes materiales es sin duda más fácil de lograr que el intercambio de bienes espirituales, es decir, el hecho de compartir las experiencias de las personas, sus esfuerzos, sus progresos. Para ello se necesita, con el Espíritu Santo, dedicarse con lealtad, con perseverancia a vivir sin escondrijos, sin callar lo que ocultamos, con un cuidado de todos para cada uno y de cada uno para todos; para ello es necesario utilizar todos los recursos de un espíritu crítico hacia sí mismo y hacia los demás –siendo implacables ante la mentira y la mediocridad-, en la verdad y en el auténtico amor. No tenemos conocimiento de que Jesús haya mimado a sus discípulos, ni de que María haya consolado con sensiblería a los que aún tenían camino por delante para mejorar. Por eso muchos grupos cristianos, que se llaman a sí mismos comunidades, no lo son en absoluto, porque carecen de ese vigor que posee la verdad, de ese crecimiento personal, de esa franqueza universal que, con un vocabulario claro, denuncien los diversos aspectos de la mediocridad. No hay comunidad que valga cuando está formada por individuos de mediana generosidad, sino por personas afanadas en dar sin cesar y en crecer dándose.

Crecer, dar incansablemente. En el fondo, ¿existen muchos hombres y mujeres atenazados por tal hambre y sed de justicia? Jesús, sólo se dirige a ellos. Y a los demás, también, en la medida en que acepten sinceramente el sacrificio de su egoísmo y se pongan manos a la obra, dándose sin medida y sin descanso. La bienaventuranza comunitaria es el fruto de una lucha permanente.

Teresa del Niño Jesús, a quien se le reprochaba ser voluntarista, respondía que nos interesaba que Dios fuera obstinado, de lo contrario, hace mucho tiempo que habría abandonado una creación tan conflictiva y decepcionante. Por el contrario, persiste en creer que puede ser ennoblecida y perfeccionada. A pesar de todos los pecados de pereza, del lastre que las rutinas van dejando en nuestras costumbres, Dios no pierde la esperanza en que su creación recupere su tonicidad, su máximo esplendor en todos los ámbitos.

La justicia de Dios, es lo que Dios es, exactamente, con justicia y para siempre. Es fidelidad a su propio ardor, a su propio fuego. No se apaga ni se calcina bajo las cenizas. No tiene nada que ver con ese fuego que no se apaga, carbonizado y humeante, que en el evangelio se llama “el fuego del vertedero o de la gehena". El fuego de Dios se enardece como la zarza ardiente (Éxodo 3:1-6) en el desierto del Sinaí. Moisés, abatido por las vicisitudes sufridas por su pueblo esclavizado, descubre en esta aparición, que su Dios quiere que despierte y participe enérgicamente en su propia liberación. Moisés comprende que Dios espera que cada uno de sus hijos se convierta en una zarza ardiente, que se encienda, que ilumine y que nunca se consuma. Eso es lo que Dios es eternamente. En eso es en lo que su creación está llamada a transformarse.

Creados por el Infinito, no debería sorprendernos que llevemos su marca. La santidad, la justicia vienen a ser un llamamiento a la búsqueda, al progreso infinito. Nuestro origen nos determina en sentido a seguir hacia adelante. Así como un rayo de sol no puede detenerse ni retroceder, la fuerza vital es la base del deseo de vivir y de llegar a ser “justos”, el término más bello y acorde para caracterizar a los santos de Israel, y en particular a José. Vivir, continuamente en consonancia con Dios en su esencia, que es aliento, generosidad, entusiasmo y Él os inspirará con su impulso de hambre y sed. Estar satisfechos, tanto de nosotros mismos como del mundo, sería contradecir nuestro origen arraigado en el fuego llameante del cielo, sería negar que nacidos del Infinito, no pudiéramos comportarnos como tales, a modo de búsqueda infinita, de trabajo, de amor al estilo de Dios.

En su auténtico sentido, la Iglesia fue fundada por su Maestro y Señor para que mantuviese, alto y claro, a todas las sociedades y comunidades humanas, en protesta ante toda mediocridad y toda posibilidad de inmovilismo. Obviamente, empezando por la propia Iglesia. Esto debe hacerse mediante una puesta al día y un cuestionamiento, no sólo durante los tiempos conciliares, sino absolutamente a diario. Encontradme a un hombre, a una comunidad de gente satisfecha, estad seguros de que el contacto con Dios se ha roto. El cielo no tiene nada que ver con el “merecido descanso eterno” de las aburridas liturgias, el cielo es y sigue siendo el país del "hambre y la sed de Dios y de los suyos por la justicia”. Si queremos confirmar esta visión ardiente del destino humano en el Evangelio, a la manera de Dios, tenemos de sobra donde escoger ante tantos episodios en los que Jesús se manifiesta como fuego vivo.

                                                                                                  Florin Callerand,
19 de enero de 1991

“Un pobre llama, Dios responde” p.185...201


Traducción del francés al español:  Beatriz Simó y Pilar Sauquet

"Criez de joie, jubilez", CD Tissage d'or 6 (Communauté de la Roche d'or)