/image%2F4634555%2F20210217%2Fob_82683b_170519-roger.jpg)
Los acontecimientos que sucedieron en la vida de Jesucristo son también los acontecimientos de nuestra vida. Él cargó con todo lo de nuestra existencia, de nuestra condición humana con todo lo que acarrea, incluyendo la muerte y todas las formas de muerte antes de morir definitivamente. Nuestras vidas están atravesadas por momentos en los que las cosas surgen y luego se derrumban, hasta que llega ese último derrumbe que es la muerte, en el que el destino de cada hombre aparece finalmente como un horizonte que se cierra. Hay un antes, y un después que no conocemos...
El destino, la vida de Jesucristo, es en cierto modo la filigrana, el diseño de cada una de nuestras vidas, y Él asumió el destino de cada uno de nosotros. Con su muerte, asumió todas las formas de muerte, incluso el acontecimiento último de nuestra duración en esta vida, puesto que no se quedó encerrado en ella, sino que salió del sepulcro. “Del mismo modo, también nosotros, dice San Pablo, fuimos sepultados con Jesucristo para resucitar con Él”. (Romanos 6,4). Lo que creemos que es el final, el término, no es ni el final, ni es el término. ¿Podéis llegar a comprender que nuestras vidas tienen salida? Que no todo acaba en el hoyo. Así como la enorme piedra que cerraba el sepulcro de Jesús fue apartada definitivamente, del mismo modo, para nosotros el horizonte no permanece cerrado: Tenemos la vida de Jesucristo, porque Él nos ama, y al amarnos, solo puede dárnoslo todo. Su vida asume nuestras muertes y nos encamina hacia el poder de su resurrección. Como también dijo San Pablo: “Jesús, es el Primogénito de entre los muertos”. (Colosenses 1)
/image%2F4634555%2F20210217%2Fob_27f2fd_img-20210215-wa0013.jpg)
Hoy, en este tiempo de Cuaresma, 40 días antes de Pascua, la Iglesia nos dice: Presta atención, porque a menudo vivimos acaparados por mil cosas. Absortos en todo lo que hay que hacer, en todo lo que hacemos efectivamente, en todo lo que deseamos. Y es como si, en ese momento, perdiéramos el significado de la Fuente que está en nosotros, la Fuente de esa Vida que no acaba con la muerte. Esa Fuente es para nosotros esta Vida. Es por nosotros por quienes murió, por nosotros que resucitó, para llevarnos, para que esta Vida que es la suya se convierta en la nuestra. El horizonte se abre...
Durante este tiempo de Cuaresma, hemos recuperado signos antiguos como el ayuno... Ya en el Deuteronomio se decía: “No sólo de pan vive el hombre” (Dt 8,3) ni de todo lo que pueda digerir. No vivimos simplemente del alimento material, sino que también vivimos de la Palabra de Dios, vivimos acogiendo la vida del otro, en cada momento. Así que, en este sentido, se vivió una cierta privación de alimentos para hacer pensar que hay otra forma de “alimentación” que no se debe descuidar.
¿Cómo vivimos? ¿De qué nos alimentamos? El tiempo de nuestras vidas, ¿cómo lo llenamos? Podemos constatar que la mayor parte del tiempo estamos ocupados con “naderías”. Corremos sin rumbo... Así que el significado profundo del ayuno es decirnos que tenemos un espacio interior que hay que cuidar. Y para cuidar un espacio, hay que echar cosas fuera, de lo contrario estará atestado.
Hoy en día, el ayuno se refiere más a todo lo que nos convierte en una sociedad de consumo. Consumimos cualquier cosa, abrimos la radio, la televisión, hay todo tipo de modas... y corremos detrás de ellas. De repente, en algún momento nos preguntamos: “Pensándolo bien, me he esforzado, me he tomado muchas molestias, ¿Por qué? En definitiva, ¿qué es lo que me hace vivir? O mejor dicho, ¿quién me hace vivir ya que no vivo solo? El ser humano no puede vivir sin estar en relación con alguien. ¿Quién me hace vivir hoy? ¿Soy un simple consumidor o hay alguien de quien recibo y que me da su alegría, la alegría que uno descubre cuando comparte? Por eso nunca se ha podido separar el ayuno del acto de compartir. No se trata de hacer el vacío, el vacío no sirve para nada. Se trata de crear un espacio para acoger al otro, para que el otro viva.
Por lo tanto, se trata más bien de una actitud interior: crear un espacio en mí. Se trata de hacer ayuno de todos esos okupas interiores que son demasiados y de buscar cuál es el espacio donde puedo respirar. ¿Dónde se encuentra la Fuente? ¿Quién me hace vivir? y yo, ¿doy vida a alguien en mi interior? Este espacio interior no es meramente un espacio donde uno pone en orden su vida, sino que se trata de un espacio para acoger, ante todo, a Aquel que nos hace ver, que nos guía, que nos hace sentir, a través de su vida, hacia dónde vamos. Solo la conciencia de Cristo abre finalmente nuestros espacios. De lo contrario, esto sería simple ascesis. El ascetismo en sí mismo no sirve para nada, salvo para convertirse en algo parecido a los pepinillos en vinagre. La verdadera ascesis, es vivir y dar vida, es recibir y dar. Esto solo puede hacerse cuando se tiene a alguien en el corazón.
A esto es lo que la Iglesia nos invita durante este tiempo, a liberar el espacio interior para acoger a Cristo, a abrir la mirada hacia nuestros hermanos y hacerlos vivir compartiendo con ellos.
Roger Robert
25 de febrero de 2009
Traducción del francés al español: Beatriz Simó y Pilar Sauquet
"Choisis la vie", CD Tissage d'or 5 (Communauté de la Roche d'or)
Para ver la letra en francés de la canción "Choisis la vie"
/image%2F4634555%2F20260504%2Fob_74474b_plan-de-travail-1.png)
