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Blog de Roche d'Or

Blog de Roche d'Or

Comunidad de la Roche d'Or en Besançon y Fontanilles

Publicado en por P. Florin Callerand
Etiquetado en : #texto de Florin, #cantos

¿Quién es la Virgen María? Es una mujer que vivió en Nazaret, una pequeña localidad cuyo nombre ni siquiera se menciona en el Antiguo Testamento. En el Nuevo Testamento, el rabino Natanael se burla de Nazaret diciendo: “¿De Nazaret puede salir algo bueno?” El pueblo de Nazaret era un pueblo de trogloditas. La caliza de esta región es extremadamente quebradiza, debajo de una capa bastante resistente y relativamente impermeable de cincuenta o sesenta centímetros de caliza mucho más dura, llegando a ser como yeso, por eso había cuevas naturales, y ¿qué familia no excavó con gran facilidad una, o dos, o tres cuevas más, a medida que iban naciendo sus hijos? Por eso es sumamente interesante visitar estos subterráneos de Nazaret. Decir que María fue una troglodita, que José fue un troglodita, que Jesús, durante casi treinta años, vivió como un troglodita..., ni que decir tiene que esto nos hace reflexionar. Básicamente, la vida en Nazaret se pasaba un poco en las cuevas.

De todas maneras, las cuevas tienen algo bueno, porque en las cuevas nace una teología; y la teología de María fue esa en el comienzo, la teología de Jesús, fue la misma para comenzar. Hay un hermoso pasaje en el Evangelio de San Mateo, en el capítulo 6: “Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en las sinagogas y en las esquinas de las plazas bien plantados para ser vistos de los hombres. Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu cueva profunda”. Hay que saber que en las cuevas había varias profundidades. Había lo que estaba cerca de la puerta de la entrada, que estaba ligeramente cerrada con una puerta de madera, y cuanto más te adentrabas, más avanzabas hacia la oscuridad y hacia el granero donde se almacenaba la comida de supervivencia, de subsistencia. Y cuando Jesús dice: “Cuando quieras orar, vete a la pequeña cueva secreta y allí ora a tu Padre que ve en lo secreto”, esto no significa que Dios, nuestro Padre, no vea en otro lugar, fuera, a plena luz, pero parece que Dios solo ve bien cuando estamos en ese lugar auténtico y profundo.

En toda persona humana hay un punto íntimo donde nadie puede entrar, ni siquiera el esposo puede entrar en el secreto de su esposa... El misterio de Dios es una interioridad mutua. Entonces, ¿en qué consiste la pequeña cueva? Se trata de esa cueva, esa celda interior en la que Dios os habla de corazón en corazón, no de corazón a corazón. Un día mencioné a Marthe Robin en Châteauneuf-de-Galaure las palabras del apóstol San Pablo en el capítulo 13 de la Primera Epístola a los Corintios, donde dice: Ahora vemos como por medio de un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Marthe Robin me interrumpió y me dijo: “¿Crees que San Pablo tiene razón al decir: ¿Le veremos cara a cara”? Me incline a escucharla, y Marthe Robin me dijo lo siguiente: “Yo creo que nos veremos cara en cara. La realidad de Cristo en nosotros es la intimidad profunda. “Y lo que entregarás, dice Jesús en San Mateo, a tu Padre en lo secreto, tu Padre en lo secreto te lo recompensará”. Se originará una profunda intimidad.

En Lourdes, Bernadette había descubierto que en la gruta de Massabielle había alguien que se aparecía y venía. Y así fue como estableció la conexión consigo misma. Se dio cuenta de que ella misma estaba siendo visitada en el secreto de su persona, en aquel local que llamaban “la prisión”, donde con sus padres, hermanos y hermanas se hacinaban seis personas en dieciséis metros cuadrados; a las cuatro o cinco de la mañana, en su cueva secreta e interior, la voz de María emanaba diciéndole: “Ven”.

Bernadette, despierta, llamaba a su padre y a su madre que estaban en la cama, a su hermana Antoinette, ya nadie podía dormir, había que ir a la gruta. Y allí, en la gruta, María renovaba, de forma externa, para que la teología penetrara en nosotros, este misterio de profundidad. No hay un átomo, ni una molécula... que no tenga un secreto íntimo al que Dios asciende para expresarse. La teología de las cuevas es esencial si realmente queremos hacer un retiro en un (Foyer de Charité) Hogar de la Caridad. Esta es la insistencia primordial de Marthe Robin. Todos, dentro de nosotros existe una cavidad, como decía Santo Tomás de Aquino, en la que somos receptáculos de Dios. Pero, en general, vemos las cosas al revés. Para nosotros, una cesta, un vaso, una sopera son capacidades. Los llenamos desde fuera. Pero la criatura no es una capacidad que se llena desde fuera. ¡Sí, lo es! Por sentido común, recibimos muchas cosas y muchos conocimientos, pero para entrar en la teología de las cuevas, imaginad un estanque en una plaza de vuestras ciudades, en cuyo centro hay un surtidor de agua que brota y lo llena a rebosar. Es una capacidad perforada por abajo, y no es por abajo por donde se vacía, sino desde abajo por donde se llena.

Todo ser humano, toda persona humana está abierta, interiormente, a su Dios. “¡Entra en este secreto y verás a Dios en el acto de crearte! Y el día en que, interiormente, en tu cueva secreta, digas: “¡Dios mío, eres Tú!”, entonces ya habrás entrado en la eternidad. En cualquier caso, esto es lo que ocurre en el momento que llamamos la muerte. Y si quisiéramos hacer auténticos cuidados paliativos a los enfermos, sería revelarles poco a poco, sin sermones, que están habitados por Alguien que los ama, que los quiere, que los atrae hacia sí y que los va a llenar desde el centro de sí mismos. El chorro de aliento viene de Dios.

Entonces, fíjate en el consejo que da Jesús: “Cuando quieras orar, no vayas a las plazas públicas, sino a lo más profundo de tu cueva, donde tienes tu pequeño almacén con sus silos, sus pocos estantes, el trigo en reserva, las aceitunas en conserva, el vino en reserva, unos cuantos odres en piel de cabra, etc., luego cierra la puerta y quédate allí, y allí, en plena oscuridad de la noche, reza a tu Padre que ve en lo secreto, y tu Padre te recompensará”. De ahí el silencio, el recogimiento, la invitación a descender a este secreto de la persona.

Así pues, una vez realizada esta experiencia primordial, no puedo dejar de ver mis odres de aceite que están a mi lado en el almacén que está en el fondo de la cueva. No puedo dejar de ver lo que puedo tener como bienes y posibilidades; entonces abro mi puerta, salgo de mi habitación secreta y voy a hacer por los demás lo que Dios hace por mí. Y esta es la lógica que se aplica a las criaturas que saben ir a lo más profundo de sí mismas y darse cuenta de que son un don de Dios para sí mismas y para que ellas hagan lo mismo para los demás, imagen y semejanza de su Dios que les da a sí mismas. ¡Y nosotros abrimos la puerta y compartimos! Si hay un secreto en La Roche d'Or, en la comunidad, es únicamente éste. Y si los miembros de la comunidad no entran en su cueva interior, donde Dios les hace existir ahora, donde el eco de la palabra que la Iglesia les confía encuentra su principal interlocutor, que es el Creador, entonces solo tenemos trabajadores domésticos. Solo tenemos gente que, al no vivir de Dios, solo pueden ser amables con los demás, eso es todo; pero el don de su vida no es posible. Solo puedo entregar mi vida porque Dios se entrega a mí. Eso es lo que encontramos en la teología de las cuevas, por eso invocamos a María, Hija de Israel, la troglodita. Así hacía su oración de la mañana y su oración de la tarde. ¡Cuántas veces la habrá visto Jesús entrar en el fondo de la cueva! Luego salir con un bote de aceitunas que llevaba a casa de la vecina.

Por eso rezamos a María, porque es una mujer corriente, y supo vivir lo extraordinario en lo ordinario. Y así es como lo muy ‘bajo’ de su vida comienza a revelar lo muy Alto.

 

Florin Callerand
23 de diciembre de 1994



Traducción del francés al español:  Beatriz Simó y Pilar Sauquet

"En humble place", CD Tissage d'or 4 (Communauté de la Roche d'or)