Overblog Todos los blogs Blogs principales Religión y Creencias
Edit post Seguir este blog Administration + Create my blog
MENU
Blog de Roche d'Or

Blog de Roche d'Or

Comunidad de la Roche d'Or en Besançon y Fontanilles

Publicado en por P. Florin Callerand
Etiquetado en : #texto de Florin

Tercera parte del texto de Florin Callerand

 

Para concluir esta meditación, solo nos queda llevarla al máximo esplendor de la revelación evangélica y ser plenamente conscientes que Dios es creador, no porque nos dé una limosna, sino por necesidad de su corazón eterno. No puede dejar de crear, porque Él es Amor.

 

Atreverse a hablar de un “determinismo eterno” que obligaría a Dios a crear, parece excesivo, incluso una herejía. Sin embargo, si “Dios es Amor”, cómo podemos considerar que pueda haber un solo instante, en el tiempo o fuera del tiempo, en el que no se comunique, “dándose a sí mismo en participación” como se enseña en la Iglesia.

 

¿No deberíamos acoger las parábolas que nos llegan de las hermosas y magnificas criaturas de Dios?

¿Pueden el sol, las estrellas, por ejemplo, mantener encerrado dentro de sí mismos el ardor incandescente que constituye su centro y no verse como “obligados” a irradiarlo? La alegría de los rayos -suponiendo que se volvieran conscientes- ¿no sería la de experimentar la maravillosa generosidad de su fuente permanente que sale a borbotones? Pero, ¿el gozo de la fuente exuberante, no sería la de contemplar, desde el interior, la alegría de los destellos de su misma luz íntima?

No se puede separar el gozo de uno, sin el gozo del otro. Si al menos supiéramos que esta separación es inconcebible, nos plantearíamos menos cuestiones trágicas como la imposibilidad de un Dios externo e insensible al sufrimiento de sus criaturas. Si supiéramos que Él está siempre con nosotros, en el sentido más pleno y que no es el pretendido Bienaventurado que pregonan muchas filosofías y algunas teologías de parecida inspiración. No ocurre nada en el mundo que no sea experimentado plenamente por Dios.

 

Cómo no pensar en la alegría reciproca de Dios y María, que se aman sin sombra, ni atenuante alguno, pero, cómo no pensar en el dolor de la soledad de Dios cuyo Amor no es compartido por los que pecan o por los que pretenden amarlo, aquellos a quienes el evangelio llama hipócritas.

 

La Encarnación de Dios entre los hombres, nos permite captar la dicha del Amor amado y la desdicha del Amor no amado. Francisco de Asís deambuló por pueblos y campos sollozando: “El Amor no es amado”. Cuando hablamos de los “Siete Dolores” de la Virgen María, debemos pensar que el número “Siete” indica la inmensa intensidad y variedad de ese mismo dolor. Pero, también deberíamos decir María de las “Siete Alegrías” para traducir tanto su Gozo de estar con Dios como el Gozo de Dios de estar con Ella, y el de aquellos que, como Ella, responden a la Llamada Secreta. Según el nombre que el Eterno se da a sí mismo y que el ángel Gabriel transmite: “Lo llamarás, Dios con nosotros, Emmanuel”, podemos ver, que la Salutación litúrgica que meditamos, proviene de la más alta revelación. En efecto, Dios no tiene a su disposición un doble rasero, Él es “Amor”. Por lo tanto, debemos escudriñar toda la profundidad de la palabra con. Dios, el Emmanuel, está con nosotros, cada uno en su condición única y particular.

 

Tomaremos una última ilustración del Amor comunicado entre el creador y la criatura en un pasaje del Evangelio llamado “episodio de la mujer Samaritana”.

 

Es costumbre y muy normal detenerse primero en el consuelo y la liberación espiritual que Jesús trae a esta mujer, hereje para los judíos ortodoxos e indudablemente rechazada como impura, como inmunda a los ojos de Dios por parte de la gente de su pueblo samaritano, de costumbres puritanas. Imaginaos, cinco maridos sucesivos y el sexto que no puede ser un marido legal. Cinco veces divorciada y cinco veces vuelta a casar, dirían, hoy, los abogados. Un caso sin ninguna posibilidad de solución. Se trata de una “marginada” (lo que explicaría por qué va al pozo, sola, en horas en que las mujeres del pueblo no van a buscar agua). Pero, también hay que atreverse a considerar lo que Jesús recibió de esa mujer, lo que ella le dio de un gran valor al permanecer cerca de Él, durante el tiempo de una larga conversación…

 

Ciertamente, algunos señalan, que al principio ella recibe muy mal la humilde petición de servicio que Jesús le presenta: “Dame de beber”. Se niega arrogantemente a inclinar su cántaro hacia la faz del Sediento: “Los judíos no tenían costumbre de beber de la copa de los Samaritanos”. Pero en esto, Jesús sintió lástima, entiende que su comportamiento responde al de una Samaritana, perteneciente a un pueblo insultado y cruelmente despreciado por los judíos super íntegros y racistas, que ella pudo haber conocido.

 

Muy rápidamente, el tono cambia. La mujer Samaritana se da cuenta que está ante un hombre recto y noble. La simpatía nace entre ellos. Jesús le habla del secreto que lleva en sí misma y que se refleja en su rostro abatido: la gran desdicha del fracaso de sus intentos amorosos. Ha sido utilizada, explotada y ahora tiene ante ella a un ser que no la condena y que quiere hablarle de las “Cosas de Dios”, “Veo que eres un profeta” le dice. Aunque al principio un poco distante, la conversación ha empezado. Jesús es quien la dirige. En cuanto a la mujer Samaritana, de agresiva, la vemos transformada en oyente, en discípula. El tiempo de conversación con Jesús debió ser bastante largo, dada la distancia, de ida y vuelta, entre el Pozo de Jacob y el pueblo donde los discípulos fueron en busca de comida. Hay que añadir que las “Cosas de lo Alto” de las que Jesús le habla, constituyen el Conjunto de la Revelación: “No es en Jerusalén, ni en Garizin, donde Dios quiere ser adorado, es en Espíritu y en Verdad. Fuera de esto, no hay verdaderos adoradores, tal y como los desea el Padre, solo queda la religión con sus ritos y sus fórmulas secas”. Ahora bien, si reconstruimos, como lo han hecho grandes artistas la escena evangélica según los propios datos del texto, vemos a Jesús sentado en el brocal o en el borde del pozo, achicando su talla por el hecho de estar sentado, mientras que la mujer está de pie, como siendo de gran altura. Estamos ante un símbolo, que es la expresión de todo el Mensaje.

 

La transcendencia, de Dios creador y salvador, consiste en ser pequeño, humilde, saber pedir. La transcendencia de la libertad humana es objeto de infinito respeto por parte del Dios que se ofrece a ella. 

 

“Los que buscáis a Dios, exclama San Juan de la Cruz,

debéis saber que Dios os busca aún con más fervor”

 

No podemos por menos que hacer una analogía exacta con la postura de una Dios arrodillado en la tarde del Jueves Santo ante sus discípulos. Lo increíble, lo imposible aparece: el Todopoderoso se convierte en menesteroso, incluso en mendigo. Así, el Evangelio nos presenta la verdad de Dios que solo es Amor. La Virgen María ha sido ciertamente la más conmovida y desconcertada de todas las criaturas porque, el día de la Anunciación, el Verbo de Dios le pidió permiso para hacerse carne en Ella y así habitar entre nosotros. Poco después del acontecimiento, ella proclamó: “El Todopoderoso ha hecho cosas grandes en mí, su nombre es santo”. De eso se trata…

 

El hecho de arrodillarse el Altísimo no es un gesto de exhibición moral, sino la expresión misma de su SER íntimo. Las personas divinas no solo están sentadas una al lado de otra, sino arrodilladas cara a cara. No cambian de postura para crear, ni para ofrecerse el Mundo. En efecto, el “Lavatorio de los pies” evoca la petición dirigida a María en la Anunciación, pero también anuncia el sacramento del Misterio Eterno que se recapitula en el Don de la Consagración: “Tomad y comed”.

 

“Oh Dios, tú eres un Dios escondido” exclamó Isaías, el profeta, es decir, nos sorprendes, no tienes nada que ver con un potentado, un emperador, un general conquistador, un faraón dominante. No esperábamos tal actitud de discreción en ti. Desde los pañales de Belén, donde María lo puso en un pesebre, hasta el sudario del Calvario, donde José y Nicodemo, Juan y María lo pusieron en el sepulcro, es necesario, ahora, aprender a conocer a Dios, entregado por su propia naturaleza a la merced de sus criaturas. “Mirad, decía el cura de Ars en éxtasis, elevando y bajando la Hostia consagrada que ofrecía para la adoración de los fieles, puedo hacer con ella lo que yo quiera…”

 

Se podría decir, haciéndonos auténticamente conscientes de las profundidades de la revelación cristiana, que es terrible, “tremenda”, incluso asusta, no porque corramos el riesgo a ser aplastados por Dios, sino porque escuchamos la exigente lección dada por Jesús: “Como el Padre me amó, yo os he amado, así como decís que soy vuestro Maestro y Señor: Amaos los unos a los otros; en esto reconocerán que sois mis discípulos” (Juan 16,17). En efecto, esto puede asustar.

 

Parece que el Dios eterno solo puede vivir en conversación con sus criaturas convertidas en sus semejantes. Por eso, sin duda, el Padre Lucien Laberthonnière solía decir estas palabras, que parecieron escandalosas en su tiempo (1930):

 

“Al crearnos, Dios hace de nosotros sus hermanos”

 

Por lo tanto, no solo durante las liturgias deberíamos saludarnos con las palabras de la Revelación: “El Señor está con vosotros” sino en cada encuentro, en todo lo que compartamos, en cualquier labor. También deberíamos estimularnos mutuamente con la respuesta adecuada: “Y también contigo”.

 

La verdad que libera de todo mal y promueve todo bien, ya está arraigada, crece, florece, da fruto por el hecho universal que nos necesitamos constantemente  unos a otros, pero todavía más, por el hecho de que tenemos que revelarnos  unos a otros el Gran Secreto del totalmente-otro, sin dejar de ser Él-mismo, el Dios-Amor, a quien llamamos el Transcendente, el Eterno, el Encarnado para siempre, gracias a la Virgen María, el Resucitado de la muerte, nuestro Creador y Salvador, PAdre, hijo, espíritu, siempre de rodillas ante nosotros y diciéndonos que tiene gran necesidad de cada uno de nuestros rostros, para que aparezca el SUYO.

 

El Señor está con vosotros”

 

 

 

Florin Callerand

La Roche d'Or, 2 y 4 de octubre de 1995

En la fiesta de Teresa del Niño Jesús

y de Francisco de Asís

PARTE 3/3

© Copyright : “ La Roche d’Or ” 1995

 

Traducción del francés al español:  Beatriz Simó y Pilar Sauquet