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Blog de Roche d'Or

Blog de Roche d'Or

Comunidad de la Roche d'Or en Besançon y Fontanilles

Publicado en por P. Roger Robert
Etiquetado en : #texto de Roger, #cantos, #presentación de fotos

En el transcurso de la conferencia del jueves, 13 de mayo de 2010, el P. Roger Robert desarrolló el misterio de la Ascensión en el interior de nuestras vidas. 

 

¿Qué sería de mi sin ti Jesús, que sales a mi encuentro? Nadie está obligado a creer, sencillamente existe la intensidad de otro que viene a nuestro encuentro.

¿Alguna vez te has mirado en un espejo y te has dicho: “Estás vivo para siempre”? Cuando haces este ejercicio, difícilmente será satisfactorio por mucho que lo vayas repitiendo… Pero, ¿y si es otro quien te lo dice? Y por otro lado ¿y si es otro quien muere…?

La Ascensión de Jesús repercutirá en la forma en que voy a aceptar la muerte de mis seres queridos. O bien, se acabó todo y vamos a hacer los ritos habituales y luego lo superaremos lo mejor que podamos, tendremos pena… o vamos a reemplazar a ese ser otro… Es una de las grandes tentaciones bíblicas: reemplazar y entonces vuelta a empezar, ¡qué más da! Pero si Jesús me ha enseñado que los que amo participan en Su propia ascensión, mi relación con ellos cambiará. Ya no me dirigiré a ellos como lo haría con los “muertos”, me dirigiré a ellos como me dirijo a Jesús. San Pablo dice: “La fuerza, la grandeza, la gloria que se desplegó en Cristo Jesús es la misma que se despliega en nosotros” (Cf Efesios 1,19). La ausencia vencida, todo esto, solo me valdrá, en la medida en que Cristo tenga consistencia dentro de mí. Si le acojo en mi vida, si le doy el derecho a existir, si empiezo a vivir con Él, a escuchar lo que dice, descubriré su universo dentro de mí, su palabra, lo que mana de su interior, su forma de existir, y mi mirada cambiará; toda la percepción de mí mismo, toda la percepción de mis relaciones cambiará.

Lo que vivo como una dolorosa ausencia continuará porque somos seres sensibles. De la noche a la mañana no voy a poder acostumbrarme a esta situación en la que alguien a quien solía ver, a quien amaba, a quien podía mostrarle mis sentimientos, alguien con quien podía hablar, podía tocar, tenerle en mis brazos, ya no está ahí. ¿Aún queda algo entre nosotros? ¿Desaparece la relación porque no hay reciprocidad? A veces la gente, para consolarte, te dicen: “¡El tiempo arregla las cosas!”. Si Cristo no estuviera aquí, en mi existencia, en mi vida diaria, me diría: “¿y todo para qué?” Es así, es la fatalidad, te dejas llevar y luego ¿por qué cuestionarse tanto? ¡Vivamos y luego ya veremos! Es la inercia del corazón que se instala poco a poco. Y no hay nada peor que este tipo de inercia del corazón donde no hay nada, te vas acomodando …  

Solo Jesús nos lo desvela en nuestro interior: “Pero, si estoy aquí, no estás solo, Yo estoy vivo” Ese es el misterio de la amistad. “Si alguien me ama, guardará mi palabra”. Todo se va a decidir en esta solidaridad con Él, en esta confianza en Él porque sencillamente creo en aquel que me dice: “Te amo”.

¿Qué es lo que nos diferencia de otros hombres? San Juan responde: “Nosotros hemos creído en el amor y nos hemos fiado de Él” (1Juan 4,16) ¿Quiénes somos los cristianos? Somos mujeres y hombres que nos fiamos del amor que Dios nos tiene. Cuando nos relacionamos de este modo, en ese momento nos alimentamos y descubrimos una nueva dimensión en Cristo, en la persona de Jesús. Ahora os pregunto, en el momento en que Jesús se va a marchar, “se va a ir al cielo”, ¿quién es Jesús para vosotros? Estáis únicamente necesitados del “religiosidad” o creéis que, en la persona de Jesús, Dios os dice a cada uno y a cada una: “Tú eres importante para mí, tú eres mi cielo”

En la fiesta de la Ascensión, escuchamos que “Jesús subió al cielo” Estamos obligados a hacer uso de las palabras, sino, ¿de qué otra forma decirlo? Si os dijera: “Jesús entró en el reino de lo divino”, ¿qué significa? Lo divino, yo no sé lo que es, al margen de Jesús. Mucha gente tiene conceptos de lo divino como algo extraordinario, como algo del más allá, mientras que “lo divino”, es solo lo que ha aparecido en la persona de Jesús. A menudo, para nosotros, lo divino está ligado a lo prestigioso, a una especie de muestra de grandeza, de lo insólito, eso es lo que Natanael dijo a su amigo Felipe: “¿De Nazaret, puede salir algo bueno?” (Jean 1,46). Y al final, cuando Jesús murió, los discípulos, después de todo, ya no están seguros de si era un impostor. Para un pequeño puñado de hombre y mujeres, Jesús era un profeta. Esto es lo que dicen los discípulos de Emaús: “Habíamos creído que era un profeta poderoso ante Dios y los hombres… Pero con su muerte en la cruz, todo se derrumbó. Las autoridades religiosas nos dijeron que era un impostor, ellos lo entregaron y lo crucificaron (Cf Lucas 24,20-21). Un profeta para ellos, un impostor para la mayoría de los demás, ¿dónde está el renombrado Dios? ¿Dónde está el Dios de las multitudes? ¿Soy el seguidor de un Dios que manda, que reina, o soy un discípulo de Jesús de Nazaret? ¿Soy un discípulo de este Dios hecho hombre que manifestó su vida en el día a día, en la alegría de lo que nos gusta hacer, en la creatividad, en las relaciones?

Por el camino, los discípulos empiezan a cambiar, van acogiendo a Cristo que les habla. Su universo comienza a abrirse un poco, están con Él. “Os conviene que me vaya, dijo Jesús a sus discípulos, para que descubráis mi alma, porque cuando estoy cerca de vosotros, volvéis con vuestras costumbres del pasado. Ahora debo irme y me entrego a vuestro ímpetu. Pero esto no es suficiente, vuestro ímpetu no durará mucho tiempo. Por eso vais a recibir una fuerza que viene de lo alto, debéis experimentar lo que significa “divino”, que no es una grandeza de prestigio. Tenéis que experimentar la densidad divina, la intensidad. Eso es lo que va a pasar en Pentecostés, la experiencia personal de Jesús se hace finalmente comunicable. Jesús los bendice y se hace presente esta bondad suya que fluye hasta el interior de ellos y que ya no se detendrá. Es como si, en una chimenea, las brasas se hubieran encendido y estuvieran empezando a arder, y a medida que desprenden su incandescencia acercándose unas a otras, esas personas al igual que las brasas transmiten su llama, se entregan a Cristo. Ahora Cristo comienza a aparecer en sus rostros, en sus ojos, ya no es visible, pero está vivo dentro de estos hombres y mujeres.

No está vivo a modo de recuerdo. Cuando una persona que yo quiero muere, ¿solo tendré recuerdos? Y ¿para evitar que mis recuerdos se desvanezcan, recurriré simplemente a fotografías o películas? Esto solo es válido durante un cierto periodo de tiempo. Entonces, ¿cuál es esta intensidad que hace que “tú te mantengas vivo dentro de mí? La presencia de Jesús viene a habitar todas nuestras relaciones. Los recuerdos morirán con nosotros a pesar de que todavía tengamos un poco de memoria… Pero, si existe la vida de Cristo, cuando pienso en tal o cual persona que amo y que ha muerto, al estar captada por esta amistad divina, ella viene a mi encuentro. La ausencia vencida. Así como Jesús vino a encontrarse con las mujeres en la mañana de Pascua y luego con los discípulos, así los que han muerto vienen a nuestro encuentro.

Es allí donde verificamos nuestra fe. ¿Lo que afirmo de Cristo, lo afirmo de los que amo y que han muerto? San Pablo dirá: “Si Cristo no ha resucitado -o si ha resucitado, pero en exclusiva solo para Él- somos los más desafortunados de todos los hombres” (Cf 1Corintios 15,14...17) 

Cristo que no cesa de venir a nuestro encuentro, no viene solo. Viene con todos aquellos que han compartido nuestra existencia. Aquellos con los que habéis compartido vuestra vida encontraron los cauces de vuestro cuerpo, vuestro corazón, vuestra sensibilidad, un niño, un cónyuge, un padre, una madre, un amigo… Han encontrado los caminos de una cierta intimidad. Si mueres y todo terminó, no tiene sentido mantener la relación, pero si Cristo ha resucitado, y conocemos estos caminos de intimidad, esas personas que habéis conocido se convertirán en vuestros evangelistas. ¡El universo entero cambia! La intensidad que experimento no es ambigua, tiene el rostro de alguien.

En el primer documento cristiano que tenemos, el que se escucha a menudo en los funerales, San Pablo dice: “No estamos sin esperanza como los que no conocen a Dios, creemos que Cristo murió y resucitó, así como los que mueren en Cristo vienen a nuestro encuentro, primero ellos, luego Cristo” (Cf 1Tesalonicenses 4,13-14). Hoy os hablo de la Ascensión de Cristo y de la ascensión de los que murieron, de los míos y de los vuestros. En la Ascensión de Jesús, son ellos también los que ascienden dentro de nosotros. No se trata simplemente de celebrar la Ascensión de Cristo, sino de entrar en la celebración de “tú, que asciendes dentro de mí, ahora”. En mi caso, por ejemplo, no puedo hablar de la ascensión de Jesús sin hablar también de aquel que, de cierta manera, me acercó más íntimamente a Cristo. Y así como Cristo asciende dentro de nosotros, también Florin Callerand asciende dentro de mí. Él asciende, yo lo acojo y eso es todo. Si asciende, quiere decir que no es un muerto cuyo cuerpo sería depositado en la Clarière (nuestro cementerio comunitario). Todos los que nos han hecho el bien, ascienden en nuestro interior y siguen haciéndonoslo, y aquellos que nos han hecho el mal se acercan a nuestro interior diciéndonos: “¿Me puedes perdonar?”. Y hay quienes vienen a nosotros trayendo también su perdón…

 

P. Roger Robert
Jueves 13 de mayo de 2010 (extracto de una charla – estilo oral)

 

Traducción del francés al español:  Beatriz Simó y Pilar Sauquet

 

La Roche d'Or vista desde la colina Rosemont

La Roche d'Or vista desde la colina Rosemont

Abundancia y luz ...
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"Jour d'allégresse et de lumière", CD Tissage d'or 3 (Communauté de la Roche d'or)