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Blog de Roche d'Or

Blog de Roche d'Or

Comunidad de la Roche d'Or en Besançon y Fontanilles

Publicado en por P. Roger Robert
Etiquetado en : #texto de Roger, #cantos, #videos

¡Feliz fiesta de Pentecostés!

 

Sabemos lo que es la exultación humana y cuando tenemos la oportunidad de salir un poco de la banalidad o del lado sombrío en una existencia, esos momentos los vemos pasar como cualquier otro. Hoy celebramos esta exultación del gozo de Dios que viene a comunicarnos todo lo que es. No está sujeto a cambios, por eso podemos alegrarnos, porque se trata de una alegría perenne. No es un gozo que proviene de uno mismo, es alegría, es una intensidad que viene de Él. ¿Realmente quieres conocer la alegría de Dios?

 

Aquí tenéis unas palabras de san Juan María Vianney, el cura de Ars:

Cuando tienes al Espíritu Santo, tu corazón se expande en el amor divino. El pez nunca se queja de tener demasiada agua. Sin el Espíritu Santo, no se puede hacer nada. Pensamos que estamos rezando, pero no rezamos, hablamos, charlamos. Colgad un pez de un árbol, seguirá siendo un pez, pero no podrá vivir sin agua.    

Sin el Espíritu Santo somos como un guijarro en el camino… Toma en una mano una esponja empapada de agua y en la otra un guijarro y presiona a los dos por igual. Nada saldrá de la piedra, y de la esponja saldrá mucha agua. Sin el Espíritu Santo, el alma es como un guijarro del que nada puede salir. 

 

La única prueba que tenemos de la Resurrección de Jesús, es su acción en nuestros corazones, es el Espíritu Santo. Por eso, esta fiesta de Pentecostés es el nacimiento de la Iglesia, el nacimiento de estas mujeres y hombres que descubren dentro de sí mismos, -lo que Jesús les había dicho, pero que ellos no creían- que unos torrentes de agua viva pueden surgir dentro de nosotros. No estamos condenados a quedarnos en la orilla diciendo: “Me gustaría zambullirme, pero no me atrevo, hace demasiado frío”. Necesitamos de la abundancia, de la sobreabundancia porque si no siempre tendremos miedo de que nos falte algo.

 

¿Existe un deseo en nosotros que no muere? ¿Una sed que, aunque saciada, puede seguir durando? ¿Hay un deseo en nosotros lo suficientemente fuerte como para no experimentar su derrumbe en la nada un día u otro? ¿Cuál es la fuerza que nos ha impulsado y que nos sostendrá cuando ya no podamos tenernos en pie? El deseo del hombre es vivir, pero no simplemente vivir indefinidamente…, conocemos muy bien las dificultades de la vejez. Aumentamos los días de vida, pero no le devolvemos la juventud y es difícil encarar una vida que puede durar, pero cada vez más empequeñecida. Tiene que haber un deseo que no muera y esto no está en nuestras manos, porque todos desapareceremos. Por eso, Jesús nos dice: “el Padre ha enviado a su Hijo para que todo aquel que en Él se fie, no muera”. (Juan 3,16)

 

Cuando empezamos a degustar la vida íntima de Dios y nos dejamos guiar por Cristo, ya no buscamos satisfacciones fáciles, rápidas, insatisfactorias. Ya no tenemos, únicamente, un dinamismo de supervivencia, impulsos para tratar de salir adelante por nosotros mismos, tenemos dentro de nosotros, el aliento mismo de las Personas Divinas, el aliento mismo de Dios y gozamos de la dicha de conocerlo. San Pablo dice: “El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. (Romanos 5,5)

 

No se trata de cualquier amor, es un amor que quiere a la persona por entero y para siempre. Es un amor que se abre al otro, a los otros, y sobre todo al profundo misterio de Dios porque se trata de amarlo a Él, no simplemente de esperar sus beneficios. Muchas personas, cuando piensan en el Espíritu Santo, piensan en una super energía que vendría a compensar nuestras deficiencias, como el que toma un medicamento para estar en mejor forma. No estamos hablando de eso, se trata de lo más profundo del hombre, este deseo de Dios en el que cada uno es creado en todo momento.

 

Los discípulos de Jesús a la vez que experimentan que Jesús está ahí ahora, también experimentan que ya no está presente, accesible como lo estuvo en el pasado. Algo nace dentro de ellos, y en esos momentos en que está ausente, es como si estuviera presente de una nueva manera. No está presente fuera, pero lo está dentro de cada uno. Así como en el pasado viendo a Jesús, vislumbraban la presencia de su Padre en su interior, ahora, es Él quien vive dentro de ellos. Pero están tan mal acostumbrados que no saben cómo adaptarse, ni cómo expresar todas estas cosas. Si abren la boca para hablar, la gente abre los ojos de pasmo y les hace comprender que han perdido la cabeza: ¡nunca hemos visto a nadie que haya muerto y esté vivo!

 

No saben cómo dar razón de lo que está pasando. Ellos mismos están cambiando, están abriéndose a lo desconocido de Aquel con quien han convivido. El que vieron muerto y que fue enterrado en el sepulcro, es el mismo, es Jesús de Nazaret que se les aparece como Dios. Es lo que Tomás dirá: “Señor mío y Dios mío”. (Juan 20,28) Nunca hubieran sospechado que todo lo divino pudiera manifestarse en el humilde Nazareno. ¿“Dios”? ¡Tiene gracia! Y Aquel con quien caminaban no le gustaba la apariencia, ni el prestigio. Pero lo cierto es que, el que murió entre malhechores, crucificado con ellos y enterrado a toda prisa, ¡es Él!

 

Ese día, María está con ellos, se palpa esa presencia, esa intensidad, esa llama que crece y como fuego que comienza a humear, las brasas se van calentando. Están cerca las unas de las otras y al aumentar la incandescencia aparece la llama. Esto es lo que pasa ese día. Fue necesario todo ese tiempo en el que se echaron miradas furtivas unos a otros, en que se atrevieron a jugársela con una palabra que les hizo salir de sí mismos para proclamar lo que Jesús estaba haciendo en ellos. Hablaron, dijeron lo que estaban viviendo… Y ahora, mientras hablan ya no son simplemente los hombres del pasado, amigos de Jesús. Son ellos, pero dicen que Jesús les está sorprendiendo, que actúa, y a medida que hablan de Él fluye una calidez entre ellos. Esto es lo que dicen los discípulos de Emaús: ¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? (Lc 24,32) No le reconocen, pero se vuelven ardientes, hasta el punto en que de esa incandescencia van a surgir las llamas.

 

Lo que está sucediendo, es un acontecimiento que sobrecoge y saca a la luz las intensidades que hasta ese momento se habían reducido a la medida de lo que se sabía hacer, de lo necesario… Por ahí ni se llega muy lejos. Y ahora aparece un deseo vibrante e intenso, como si fuera preciso ese vendaval. De algún modo es como si Dios dijera: “¡Esto tiene que cambiar! de lo contrario, siempre permaneceréis en la mediocridad. Tiene que haber una intensidad para que podáis dilataros, abriros y veáis que hay mucho más”.

 

Languidecemos por no tener nunca “bastante”. Este arrobamiento que los sobrecoge, que los sobrepasa, que ya no pueden controlar, es una exultación de alegría y empiezan a hablar… “Todos los escucharon en su lengua materna” ¿Cuál es la lengua materna? La lengua materna de Dios es ese amor en lo íntimo de nosotros mismos, el que nos constituye. Estamos llamados a existir acariciados por las Personas divinas. Y sucede que al hablar, los discípulos dan con el espacio de bondad que hay en cada ser humano.

 

De modo, que tuvo lugar este arrobamiento, este acontecimiento del poderoso viento, como un ruido que sacude la casa… Como si, en lo profundo de nosotros mismos, los volcanes, bajo la corteza terrestre, ascendieran. La lava de Dios, asciende dentro de nosotros. Los discípulos experimentan toda la profundidad, la anchura, la altura y la longitud de ese Amor que ni siquiera podemos concebir y que nos hace ver. Solo podemos ver cuando hay intensidad… 

 

Solo la intensidad del amor vence a la muerte y nos resucita. Si no hay intensidad de amor, todo se desmorona. En este día de Pentecostés, los discípulos son los primeros en hacer la experiencia de este sobrecogimiento del cuerpo y el alma de Jesús, de lo que les da vida. Ahora, están seguros de lo que han oído y visto, empiezan a descubrirlo desde dentro de sí mismos. Se convierten en videntes y tienen, sobre todo, ese valor inquebrantable de Dios de avanzar, de avanzar… Ahí aparece esta fuerza. Apenas se siente uno interpelado por Jesús, se vuelve persistente. No puede hacer nada por sí mismo a menos de ser alzado, sobrecogido por Cristo y lo único que nos pide es que permanezcamos con Él.

 

La fiesta de Pentecostés es esa celebración dichosa y alegre de la experiencia de Jesús hecha comunicable y es también la fiesta del deseo del hombre cuando comienza a abrirse. Os deseo que deseéis a Dios… Os deseo que pidáis la Caridad. Sin la Caridad, no hay percepción alguna. San Pablo dirá: “Podría tener fe para levantar montañas, podría conocer el lenguaje de los ángeles, conocer todas las ciencias… podría ser tan generoso como para dar todas mis posesiones y estar listo para ir al martirio, para dar mi cuerpo a las llamas, si no hay este amor que viene de Dios dentro de mí, solo soy un címbalo que resuena”. (Cf 1Corintios 13,1...3) Solo el amor hace ver, solo el amor engendra el deseo y el amor por Él. Y su amor se reflejará, necesariamente, en mis hermanos porque cuando aprendemos su lenguaje hacia el otro, aprendemos el lenguaje de cada uno de nosotros hacia los demás. No existe otro modo: Sin mí no puedes hacer nada… Quédate conmigo…”      

 

 

P. Roger Robert

Fiesta de Pentecostés - Domingo 27 de mayo de 2012

 

Traducción del francés al español:  Beatriz Simó y Pilar Sauquet

 

Brisa de Pentecostés en La Roche d'Or

"Ouvrez vos voiles", CD Tissage d'or 2 (Communauté de la Roche d'or)