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En el capítulo 7 de Lucas, descubrimos que si el poder del Mesías es hacer que los ciegos vean, que los cojos caminen, que los muertos resuciten... todavía estaríamos muy lejos… Se esperaba algo mucho más fantástico, mucho más genial. Además, sabemos que no se curaban tantos enfermos en torno a Jesús. La palabra utilizada es “terapéutica”: Jesús curaba a los leprosos, curaba... Los acogía en su irradiación, tenía una palabra para ellos, los consolaba, les daba energía para su existencia, pero no era un curandero.
La fortaleza para entrar en el Reino de los Cielos consiste en la conversión interior del corazón, en la audacia que nos hace acoger la Presencia en nuestra tierra, que recibimos las inspiraciones, que somos dóciles a ellas. Se necesita fortaleza para eso, para creer que no estamos solos en el interior de nosotros mismos, en nuestro razonamiento íntimo. La fuerza fundamental es la fortaleza de la pobreza, la fortaleza de la humildad para dejar que Dios sea Dios en nuestro interior y nos guíe hacia nuestra condición eterna con Él: compartir su pobreza de Dios, su humildad de Dios, su inmensidad de Dios, su eternidad de Dios. De esto se trata. No hace falta mucha fuerza para obedecer la ley y las prescripciones de la religión, eso es infantilismo. Hace falta mucha fortaleza para acoger las inspiraciones y ser dócil a ellas sin cesar.
Así que, si ahora volvemos a lo que la Iglesia nos propone para prepararnos para la Navidad, ¿de qué estamos hablando? Navidad habita en nosotros cada vez que llega una inspiración, y María fue valiente, y José fue valiente, acogieron el acontecimiento y el acontecimiento cambió radicalmente sus vidas. Porque cuando una mujer tiene un hijo, después, ya no es como antes, cuando un hombre tiene un hijo, después, ya no es como antes.
Cuando sentimos que nos viene una inspiración, es un acontecimiento revolucionario. Es Dios en el corazón de su criatura. Se necesita fortaleza para aceptar la invasión divina de nosotros mismos. Entonces, necesitamos fortaleza para tomarlo en serio, y fuerza para recibir y escuchar, y fortaleza para perseverar. Si necesitamos fortaleza para ser cristianos, es decir para aceptar en nuestras limitadas capacidades de inteligencia, sensibilidad y de libertad, la tremenda inmensidad y el ensanchamiento fantásticamente audaz de Dios, entonces hace falta una magnífica fuerza en Dios, en el momento de la Encarnación, para empequeñecerse hasta la condición humana. Porque si el hombre entero se convierte en Dios, Dios entero se convierte en el hombre. Se necesita fortaleza por ambas partes para llegar a ser más. De lo contrario, sin fortaleza, no nos movemos del sitio. La Navidad nos abre la perspectiva de llegar a ser.
Por eso, para Jesús, entrar en la condición de criatura lo llevará a la Cruz. Lo presintió, lo vio claramente. Pero necesitó una fuerza imponente y vislumbró que, a través de esta fuerza, surgiría la fortaleza en los hombres y que así es como los involucraría. Pero la fortaleza, es la fortaleza. Por eso celebramos el día de Navidad el misterio de la Cruz y de la Resurrección.
Florin Callerand
15 de diciembre de 1993
Traducción del francés al español: Beatriz Simó y Pilar Sauquet
"Il est en toi au plus secret", CD Tissage d'or 6 (Communauté de la Roche d'or)
Para ver la letra en francés de la canción "Il est en toi au plus secret"
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