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Blog de Roche d'Or

Blog de Roche d'Or

Comunidad de la Roche d'Or en Besançon y Fontanilles

Publicado en por P. Florin Callerand
Etiquetado en : #texto de Florin, #cantos

En el mundo de hoy, se puede decir que apenas hay seres humanos que vivan su tiempo presente o piensen en el futuro con despreocupación. La vida humana, toda vida incluso en los animales, experimenta inquietud y angustia a causa de posibles accidentes o de amenazas mortales. Uno no puede, desde luego, pasar su existencia haciendo como algunos avestruces, esconder la cabeza bajo el ala para no ver venir el peligro. Esto no impide que las noticias mundiales que nos llegan de todas partes difundan un fondo de inquietud y de pesimismo en el fondo del alma.

 

Frente a esta angustia de la que ningún ateísmo teórico o práctico puede librarse, he aquí la “Buena Nueva” del Evangelio de Jesús que podría resumirse enteramente en estas palabras:
 

“¡Tenéis en el Cielo un Padre que os ama! Sabe de qué tenéis necesidad incluso antes de que se lo pidáis”(Mateo 6,7)

 

 

 

El Evangelio de los Pájaros del cielo

 

Es evidente que Jesús, en este pasaje del Evangelio, no hace apología poética de la despreocupación ante las exigencias ineluctables de la vida. Sabe por experiencia lo que son las necesidades del trabajo manual, particularmente. Ha sido carpintero, artesano de pueblo, en un tiempo en que las herramientas para trabajar la madera todavía eran frecuentemente de sílex negro. Sabe también el esfuerzo y los sacrificios que requieren las necesidades de los más pobres, de los desfavorecidos. Su enseñanza está muy impregnada de las dificultades y de las privaciones que conoció Él mismo con su Madre y José en Nazaret. No podemos hacer de la “vida oculta” de Jesús una especie de idilio vivido a “cuerpo de rey”. ¡Atengámonos al realismo histórico!

 

Quisiera que nos fijásemos en la Alegría profunda que Jesús conoció y se esforzó en comunicar a sus discípulos, considerándose Él mismo como un “¡pájaro del cielo!”.

 

Mateo 6, 24-34

"Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro; o bien se entregará a uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al Dinero. Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo más que el vestido?

Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas? Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un solo codo a la medida de su vida?

Y del vestido, ¿por qué preocuparos? Observad los lirios del campo, cómo crecen; no se fatigan, ni hilan. Pero yo os digo que ni Salomón, en toda su gloria, se vistió como uno de ellos. Pues, si a la hierba del campo, que hoy es y mañana se echa al horno, Dios así la viste, ¿no lo hará mucho más con vosotros, hombres de poca fe?

No andéis, pues, preocupados diciendo: ¿Qué vamos a comer?, ¿qué vamos a beber?, ¿con qué vamos a vestirnos? Que por todas esas cosas se afanan los gentiles; pues ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. Buscad primero su Reino y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura.

Así que no os preocupéis del mañana: el mañana se preocupará de sí mismo. A cada día le bastan sus problemas."



 

Jesús saca sus parábolas del fondo mismo de su experiencia íntima, quiero decir, de su manera de vivir filialmente todas las cosas permaneciendo en el Seno del Padre. Su testimonio, repetido de diversas maneras a lo largo del Evangelio de Juan, nos revela qué arraigo ardiente hay que saber descubrir en todas sus palabras y en todas sus obras: “El Padre y yo somos uno” – “Yo no digo nada por mí mismo, yo digo lo que oigo decir. El Padre me muestra lo que tengo que hacer... Quien me ve, ve al Padre...”

 

Por eso, en este “Evangelio de los Pájaros del cielo”, debemos comprender que el Cielo no es, sólo ni esencialmente, la capa de aire luminoso en la que juguetean los pájaros sino Alguien, el Padre, en quién el Hijo evoluciona con gozo, sin ningún miedo ni angustia por el futuro. Hablando de los “Pájaros del cielo”, Jesús habla de sí mismo. Hace su auto-retrato. Ofrece un espectáculo de felicidad tal, que hombres y mujeres altamente insatisfechos e inquietos se hacen discípulos suyos. Él siente que no es el origen de su vida, sino que se recibe de Otro. Tiene conciencia de vivir para Otro que le ama y sabe que ese Amor no puede serle retirado. Por eso no hay miedo que pueda aquejarlo realmente. Está consolidado interiormente por ese Otro que es la Solidez eterna, ¡la que da el Amor infinito!

 

A decir verdad, todas las criaturas son Pájaros del “Cielo”. En efecto, no hay una sola por quien el Creador no sienta un empeño para siempre. Por eso, lo que llamamos muerte no existe realmente. Se cuenta que, en las trincheras de Verdún, Teilhard de Chardin, a pesar de su gran talla raramente bajaba la cabeza cuando pasaban ráfagas de metralleta o estallaban granadas. Sus compañeros se lo reprochaban enérgicamente. Él les respondía apaciblemente: “¡Si me matan, cambiaré de estado! ¡Eso es todo!”. El “Cielo” no abandona al Hombre en el momento de “pasar a otra vida”. Es el Hombre, quien en ese momento conoce y es consciente de que el Cielo es “su Dios” en Persona. La “Buena Nueva” fundamental que Jesús anuncia a las Criaturas que se han convertido, todas, en sus hermanos y hermanas, consiste en que Dios no puede abandonarlas nunca, pues, dijo, “es un Padre quien os ama”.

 

La parábola rebosa cuando habla de los lirios del campo; quiere hacer la guerra al miedo de existir que nos caracteriza a todos. No se dirige solamente a los discípulos que se consagran al anuncio del Evangelio, ajenos a toda preocupación de supervivencia, incluido el martirio. La palabra de Jesús tiene un alcance universal. El pasado, el presente, el futuro subyacen constantemente a lo que llamamos el “Cielo” mismo. Es posible, frecuentemente incluso, que un miedo nos amenace o nos atrape. Quién, en ese momento, no perdería la cabeza durante unos instantes, horas, días o incluso años. Conocemos el grito del salmista, repetido por Cristo en la cruz: “¡Dios mío, por qué me has abandonado!”. Muchos autores espirituales enfatizan hoy este pasaje de San Mateo, pero no subrayan que ese lamento ha sido escuchado por el Padre, al cual el Hijo enseguida, inmediatamente, hace entrega de Su Vida, en pleno Cielo, diciéndole: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” El Hijo descubre entonces que las Manos del “Cielo”, las de Su Padre, no le habían dejado, incluso cuando Él hubiera podido creerse abandonado pues Dios no cambia: ¡Es Amor!

 

Es por lo que, al final de la Parábola, Jesús va a poder dar a su Padre un nombre aún más magnífico que el de “Cielo”. Va a decirle: Tu eres mi “Mañana”, mi “Día siguiente”. (Mateo 6,34).

 

Jesús percibe que Su Padre responde desde siempre para siempre. Él es engendrado, creado, acompañado e incluso precedido interiormente, por donde quiera que vaya.  El Padre, Ayer, Hoy y Mañana. Lo que se dice de Cristo Resucitado, grabándolo sobre el cirio pascual en la noche del Sábado Santo, vale en primer lugar para el Padre, Origen y Fin de todo. Con toda la autoridad de su Corazón de Dios Él nos dice, en el Hijo: “¡A cada día le basta su pena”!

 

Por esa razón, lo esencial de la Plegaria que llamamos “Padrenuestro” consiste en pedir Dios a Dios para que su reino venga a la Tierra como en el Cielo. Ni rastro de angustia. Imaginad un Cielo que, a petición vuestra, llegase a ser cada vez más Cielo. ¡Qué acrobacias festivas para los Pájaros, qué dicha para el mismo Cielo lleno de sus retozos! Algún día, dice San Pablo, en efecto: “¡Dios será todo en todos!” (1 Cor. 15).

 

Florin Callerand,

1 de noviembre de 1997
 

Traducción del francés al español:  Beatriz Simó y Pilar Sauquet

"Rassemblés pour entendre la source", CD Tissage d'or 6 (Communauté de la Roche d'or)