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No hay un momento de su vida terrenal en que Jesús no anhelara la plena gloria de Dios, para sí mismo y para nosotros con Él, movido por el deseo de la Resurrección.
Si ya antes de la Anunciación, María de Nazaret anhelaba la venida de un Mesías que trajera al mundo lo que, hasta entonces, los más grandes profetas, por ser meros hombres no habían podido darle, cuánto más el Hijo de Dios, inspirador del deseo de su futura Madre, no iba a clamarle al Padre: “¿Cuándo será la efusión de tu Gloria sobre tu creación?”
Los Evangelios, sobre todo, el de Lucas y el de Juan, nos muestran a Jesús en permanente estado de oración, es decir, de súplica para que se haga la voluntad del Padre. Esta voluntad suprema que no es un punto particular del programa evangélico que realizar, sino la mayor, la primera y absoluta voluntad: la participación de la condición divina de existencia con todas sus criaturas. La entrada en la era de la libertad, del amor, a todos los niveles, la entrada en inmensidad y eternidad para el mundo creado.
Aunque no hubiera habido ningún pecado que purificar, ni original ni de otro tipo, el Hijo de Dios se habría “despojado de sí mismo” tomando la condición de criatura para abrir paso hacia la gloria liberadora. Por eso Jesús, a lo largo de su vida, habitado por su designio de encarnación, oraba sin cesar, clamando: “Padre, Padre, ha llegado la hora, glorifica tu nombre”. Diecinueve veces en el Evangelio de Juan se menciona que esta hora llega o que está a punto de llegar (Cap. 2, 7, 17, 19).
San Pablo dice que “el Espíritu intercede por nosotros con gemidos inefables, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios” (Rom 8,26-27). Esta es la oración esencial de Jesús en nosotros, pidiendo la Resurrección.
Nada se puede improvisar de manera absoluta, incluso en una vida humana, los rasgos de ingenio que parecen emerger espontáneamente, en realidad, están preparados por un largo trabajo y un aprendizaje en las capas más profundas de la personalidad, incluso en el subconsciente. Así sucede en la vida de los santos, que nos asombran con sus grandes obras. Su fidelidad y sus ejercicios de “pequeñas victorias”, en realidad, han ido preparando la sublime gracia que se manifiesta en la proeza.
La gracia de Dios y sus inspiraciones van amplificándose siempre en la misma dirección, como si tomaran ejemplo de las olas del océano, apoyándose mutuamente para seguirse unas a otras.
No vayamos a creer que el “fiat”, el “sí” de la Anunciación de María no haya sido preparado y hecho posible, desde su más tierna infancia, por una conexión, se podría decir, constante, habitual, con la gracia. De “sí” en “sí”, se llega al don definitivo.
En el momento final de Jesús en la cruz, cuando proclama esta palabra suprema: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, es importante tener presente que en innumerables circunstancias ya lo había hecho. En Él, era un hábito de vida y de Vida eterna. Por lo tanto, ya sea que estuviera durmiendo, despierto, trabajando con José, enseñando a sus apóstoles o enfrentándose a sus enemigos, este grito filial implorando la Gloria, le habitaba siempre, era su misma respiración. No hay ni un latido de su corazón, ni un suspiro de su alma que no reitere al Padre el porqué de su venida: “para que los hombres tengan vida en abundancia”.
Jesús ora por Él, pero, como Hombre universal por su naturaleza divina, ora por todos los hombres y por todas las criaturas. No cesa de ofrecer al Creador del aliento, el aliento que Él mismo da a sus criaturas para que lo aumente, lo eternice, lo divinice. La palabra suprema de Jesús en la cruz nos revela, aún más que otras, que debemos orar con Él de esta manera. Es como si Jesús nos provocara: “¡Queréis convertiros en Dios!, entonces ofrecedle vuestro soplo de ‘no-Dios’ para que Él pueda introducir el suyo”.
Sin este clamor del corazón, la Resurrección es imposible. No llegamos a ver suficientemente claro que Pascua es el cumplimiento perfecto de la oración del Viernes Santo y de toda la vida humana del Hijo de Dios, nuestro maestro, el que nos enseña.
La última comunión recibida por un moribundo se llamaba “viático”, subrayando que era el tentempié para el gran viaje, pero también habría que decir, que cualquier comunión puede ser designada con este nombre. Son tan pocos los cristianos que relacionan este gesto sacramental con el resplandor de la gloria resultante en sus propios cuerpos, no solo para final de los tiempos, sino incluso para hoy. Comulgar con Cristo para resucitar inmediatamente y más adelante para seguir resucitando con Él… Cada día, con Él, tenemos que seguir resucitando. El resplandor de su Espíritu Santo será la prueba de ello en lo concreto de nuestra existencia cotidiana. Al mismo tiempo, aparecerá, todavía velado, como una gran profecía el rostro en que se habrá convertido nuestro propio rostro en el “último día”, el nuestro y el de Jesús a la vez, en mutua compenetración, pero sin confusión ninguna.
Así es como debemos preparar y acrecentar nuestra propia resurrección, la obra común de Dios y del Hombre, obra maestra de Aquel que lo da todo, obra indispensable del que todo lo recibe.
Florin Callerand
Extracto de “Où donc voulez-vous que j’aille”,
p.84-92, © 2002
Traducción del francés al español: Beatriz Simó y Pilar Sauquet
"Exultez de joie !", CD Tissage d'or 2 (Communauté de la Roche d'or)
Para ver la letra en francés de la canción "Exultez de joie !"
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